Introducción

Nos enseñaron sobre historia en la escuela, y esta parecía imposible de cambiar, nadie puede cambiar el pasado. Sin embargo, la ciencia nos ayuda a entenderla de otra manera. La historia no es una “ciencia dura”. Etimológicamente, significa “investigación” y, como todas las disciplinas literarias, tiene sus propias corrientes y tendencias internas, las cuales a veces chocan.  

En el siglo XX, la “Escuela francesa de los Annales” decidió ocuparse de la historia de los seres humanos y anteponerla a la de las naciones, las batallas o las genealogías de la realeza. El resultado fue una enseñanza universitaria muy diferente, pero, lamentablemente, nuestros libros de texto apenas se inspiraron en ella. La elección de su contenido parece basarse sobre todo en objetivos políticos; la enseñanza de la historia reciente varía de un país a otro y siempre pretende glorificar a una nación unida y orgullosa de su pasado.

Para un niño que haya ido a la escuela en Francia, la Antigüedad y el Imperio Romano se resumen en una sucesión de batallas y luchas entre algunos monarcas. Nunca se le enseña la vida de los chinos, los eslavos o los africanos en esa época. El Neolítico se concentra en el Creciente Fértil y los pueblos del Indo o de Mesoamérica no existen. En cuanto a la prehistoria, tantos descubrimientos recientes han arrojado luz sobre ella que los conocimientos de un profesor formado hace veinte años están en parte obsoletos. En efecto, las ciencias duras se imponen frente a las aproximaciones históricas, aportan nuevos conocimientos, y estos son cada vez más numerosos. ¿Quizás la historia pueda cambiar después de todo?

A finales del siglo XIX, tras acalorados debates ante las pruebas de la geología, la mayoría de los historiadores admitieron finalmente que el hielo había cubierto Europa occidental en la Edad de Piedra. A finales del siglo XX, se inclinaron ante las pruebas de la palinología y aceptaron que los árboles de madera dura de los bosques franceses habían migrado lentamente desde la actual China. A principios del siglo XXI, la genética y la climatología hicieron tambalear a los dogmas establecidos.

¿La enseñanza de la historia debería ser quizás una cuestión de actualización científica? De niños, recitábamos fechas de batallas y genealogías. Nuestro profesor de historia nos enseñaba: “En el 105 a.C., el Ejército Romano fue derrotado en Arausio por los bárbaros”. No nos dijo por qué los cimbros, los teutones y todos los pueblos de las orillas del mar Báltico se desplazaban hacia el sur. Él probablemente sabía que se trataba de una migración, ya que avanzaban con sus armas, familias y rebaños. Pero, ¿cómo podría habernos enseñado que estos pueblos huían de repetidas inundaciones catastróficas, ya que tuvimos conocimiento de ellas apenas en el año 2015?


Toba

Los paleontólogos, en cuanto llegan a la excavación de un yacimiento, buscan un rasgo continuo distinguible: una capa negra de nueve metros de espesor en Indonesia que se extiende hasta unos pocos milímetros en los polos. En la cronología de los depósitos sedimentarios hay una fecha conocida por todos los especialistas: 74000 años antes de Cristo. En esa época, un gigantesco volcán entró en erupción. Este volcán se llamaba Toba. Las cenizas que salieron de su cráter cubrieron todo el globo. Allí donde cavamos, su depósito forma esta línea continua, el último vestigio de una explosión que estuvo a punto de aniquilar a nuestra especie.

El hombre ha sido ciertamente incoherente en lo que respecta a su colonización del mundo. Ahora se le acusa de haber dañado su planeta. Se puede admitir que, hasta hace poco, pecaba de ignorancia. El orgullo del Homo sapiens-sapiens es aún más reciente. Hace muy poco tiempo que nos consideramos dueños del planeta: menos de tres segundos, si el primer homo hubiera aparecido hace veinticuatro horas.

Antes, el hombre temía a la naturaleza. La temía por experiencia. Ciclones, terremotos o erupciones volcánicas dejaban huellas en la memoria colectiva. Sufría su violencia con impotencia e incomprensión. Dioses malignos fueron inventados y empezaron a atribuir estos cataclismos a su ira. Eso nos puso de rodillas. Luego nos curamos las heridas. Nuestro instinto de supervivencia es algo más que mera desesperación. Nuestra inmensa capacidad de adaptación nos puso de nuevo en pie. Nuestra inteligencia colectiva nos ayudó a seguir adelante.

En Sumatra, la erupción del Toba fue tan potente que la especie humana estuvo a punto de desaparecer. Eran más de un millón de humanoides, tres mil sobrevivieron.

Una caldera volcánica

Todo comienza con una columna de magma que surge de las entrañas de la tierra. A menudo, esta roca fundida se detiene a unos cientos de kilómetros por debajo de la superficie. Allí puede estancarse durante milenios. A veces sigue su camino hacia la superficie: esa es la erupción. Cuando la columna de magma no se abre, forma un punto caliente que funde los minerales circundantes. En la intimidad de la corteza terrestre se forma un lago subterráneo. Este depósito de roca fundida por el calor crece lentamente. En la superficie no vemos nada. Ningún calor sospechoso que nos alerte. Ningún terremoto sacude nuestros sismógrafos. A pocos kilómetros bajo tierra, el lago de magma está creciendo. Su contenido es tan viscoso, tan espeso, que atrapa los gases. En unos pocos miles de años, la presión se vuelve colosal. Cuando aumenta demasiado, se produce la explosión. Su energía es gigantesca y destroza la bóveda del lago subterráneo. El cráter puede tener hasta cien kilómetros de diámetro. La presión acumulada desencadena erupciones de cien a mil veces más potentes que las de los volcanes tradicionales.

La última caldera volcánica que explotó fue relativamente pequeña. Su erupción ocurrió en 1991 en las Filipinas. El Pinatubo mató solo a mil personas, expulsó solo mil millones de metros cúbicos de roca, su caldera solo tenía 2.5 km de diámetro y su explosión ni siquiera enfrió la tierra un grado durante dos años.

El Toba tenía una dimensión completamente diferente. Su caldera alcanzó los 80 km. Su explosión casi destruyó a la especie humana.

La erupción duró casi dos semanas. 8000 millones de toneladas de roca fueron escupidas al espacio y 10000 millones de toneladas de ácido sulfúrico las acompañaron. La explosión fue tan violenta que propulsó todo más allá de la tropósfera hasta la capa de ozono estratosférica. Afortunadamente, Sumatra está bajo el régimen de los vientos alisios. La inmensa nube, compuesta por las 8 millones de toneladas de ceniza que se elevaban cada segundo desde la boca del volcán, fue empujada hacia el oeste. Los vientos alisios del sur impidieron inicialmente que cruzaran el ecuador. A partir de los 6000 metros de altura, los fuertes vientos de la alta atmósfera dispersaron las cenizas, principalmente hacia el norte y el este.

La atmósfera, al norte del ecuador, se cubrió de una gruesa capa de polvo volcánico. Este se extendió lentamente. En dos meses, esta capa cubrió todo el globo. Nuestro “planeta azul” se volvió marrón. Las eyecciones del Toba giraron a su alrededor, formando una densa capa opaca. Las cenizas bloqueaban el 80 % de los rayos solares. El ácido sulfúrico se combinó con el ozono para crear una barrera perfecta. Ningún rayo solar llegaba al suelo terrestre. La noche se estableció, sin interrupción. Al cabo de dos años, la oscuridad era total. Luego, poco a poco, se empezó a distinguir el sol. Se necesitaron seis años para verlo en plena mañana.

Mientras tanto, en la tierra se instalaba un frío intenso. El terrible invierno volcánico se agravaba. Las temperaturas oceánicas disminuían de 3 a 3.5°C. Las temperaturas terrestres se desplomaron: las regiones templadas del hemisferio norte sufrieron un descenso de 15°C a 17°C. Al acentuar un enfriamiento climático en curso, la erupción del Toba había provocado instantáneamente una glaciación: la glaciación de Würm.

Fue la mayor explosión volcánica de los últimos 100000 años. Afectó profundamente a todos los seres vivos.

La fotosíntesis de las plantas disminuye en un 85 % cuando la intensidad de la luz baja un 10 %. También disminuye cuando las temperaturas se desploman. Con el 80 % de los rayos solares bloqueados, la fotosíntesis pasó a ser prácticamente nula. Esto destruyó los bosques tropicales. En las zonas templadas, la mayoría de los árboles de hoja caduca murieron y solo la mitad de los de hoja perenne sobrevivieron. En los mares, el plancton se volvió escaso. En el océano Índico, cinco millones de kilómetros cuadrados de vida submarina quedaron devastados. El monzón se debilitó considerablemente. La zona intertropical experimentó una sequía catastrófica. Los herbívoros, tras la desaparición de sus praderas, perecieron por millones. En ausencia de sus presas habituales, los carnívoros se devoraron entre sí. El Homo sapiens desapareció, casi por completo.

Al sur del ecuador, los vientos alisios habían protegido la tropósfera de las nubes de ceniza y la masa térmica de los océanos impedía que las temperaturas descendieran con demasiada violencia. Los gorilas y los bonobos del norte del ecuador desaparecieron; en el sur, sobrevivieron los de Katanga. En el este de África central, los hominoides se adaptaron al frío.

Bajo el ecuador, en las altas llanuras de África oriental, crecieron helechos arbustivos, especies vegetales que ya habían experimentado los rigores de las glaciaciones durante su evolución, los cuales soportaron un descenso de 7°C de temperatura. En esta región hubo menos ceniza gracias a los vientos alisios, lo cual se traduce en menos contaminación en los ríos. La gran profundidad de los lagos de África Oriental diluyó la lluvia ácida lo suficiente como para mantener el agua superficial casi potable. Allí, los mamíferos cuyas guaridas eran cuevas profundas temblaban... pero sobrevivían. Entre ellos, algunos Homo sapiens consiguieron sobrevivir bajo estas condiciones gracias a su uso del fuego y a una gran cantidad de pieles de animales con las que se fabricó “ropa”.

¿Cuántos supervivientes hubo tras la erupción del Toba?

En una época muy lejana, la fotosíntesis de las plantas permitió que la atmósfera terrestre se saturara de oxígeno, en detrimento de ciertos seres vivos que no toleraban este gas. Se produjeron simbiosis. Algunos organismos anaerobios se fusionaron con otros que soportaban el oxígeno. Las mitocondrias, en particular, se envenenaron. Encontraron células hospitalarias y adaptaron su ADN para multiplicarse simultáneamente como su célula huésped. Cada célula de cada mamífero las alberga. Son responsables de la transformación de las moléculas orgánicas en energía. Durante la reproducción humana se transmiten solo por los óvulos, por lo que el ADN mitocondrial de un humano es estrictamente idéntico al de su madre. Al estudiar los árboles genealógicos, hemos podido comprobar que todas las mitocondrias de nuestras células proceden de las mismas cepas. Todas proceden del África subsahariana.

Es difícil determinar el número exacto de supervivientes de la erupción del Toba. La teoría oficial es que solo sobrevivió el Homo Sapiens que estaba bajo el ecuador, en Etiopía, Kenia y Tanzania. Estudios genéticos más recientes han demostrado que algunos hombres de Neanderthal, Denísova y Flores también resistieron el frío glacial y la escasez de alimentos en la urgencia absoluta y el miedo de este cielo que se volvió oscuro. Sin embargo, es el Homo sapiens el que sobrevivió en mayor número. Según las hipótesis adoptadas, los supervivientes fueron entre 40 (Harpending, 1993) y 10000 (Ambrose, 1998). La estimación más aceptada es que hay 500 mujeres sapiens en edad de procrear, es decir, 3000 supervivientes, y un centenar de neandertales y denisovanos. De una población de 500000 mujeres antes de la erupción, solo 500 serían las antecesoras de toda la humanidad.

En otras palabras, el 99.7 % de los humanos habrían muerto, esencialmente de frío y de hambre. En el conjunto de la tierra, las plantas y los animales desaparecieron en proporciones similares. Por ejemplo, el análisis del ADN mitocondrial de los chimpancés actuales ha demostrado que todos proceden de dos estirpes. Una se encontraba en las tierras altas de Uganda y la otra procedía del este de la República Democrática del Congo, al sur del ecuador. Tras este cataclismo, los grandes simios iniciaron migraciones al oeste, hacia los bosques de África Central.

El Homo sapiens se movió en todas las direcciones, su mayor migración fue hacia el norte. En el curso de su conquista de las tierras del mundo, demostró una y otra vez la superioridad de sus capacidades creativas al descubrir nuevas fuentes de alimento, nuevas estrategias, nuevos procesos y nuevas herramientas. Los supervivientes colonizaron primero el África oriental y luego se dispersaron. Pero la actitud agresiva en la que se basó la conquista de territorios por parte de los hominoides difiere fundamentalmente de la plácida migración de los grandes simios.

Los supervivientes de la conquista del mundo

Al partir de los Grandes Lagos, el Homo sapiens siguió la línea de las tierras altas, de sur a norte, desde Kenia hasta Etiopía. La vegetación y la fauna se estaban recuperando. Remontó el Nilo y cruzó la península del Sinaí. Luego giró hacia el este y se extendió por todo el planeta. Con el paso del tiempo, la calidad de sus herramientas mejoró. Sus ropas se volvieron más eficaces. Su dominio del fuego lo distinguió. Cuanto más seguimos su rastro en su expansión conquistadora hacia el norte, más refinada se vuelve su tecnología. Tras abandonar África después de la erupción del Toba, el Homo Sapiens se adaptó a todas las situaciones. Tardó cuarenta mil años en extender su territorio a todos los rincones del mundo. Ningún otro mamífero ha sido capaz de demostrar una adaptabilidad tan asombrosa. Vino del sur del ecuador y, sin embargo, fue capaz crear una civilización basada en las migraciones de renos hacia el Círculo Polar Ártico, se deleitó con las larvas dulces, aprendió a matar tiburones con un arpón, vivió de la caza y la recolección, iba a plantar millones de kilómetros cuadrados de pastos.

En pocos años, los hominoides pasaron de ser una especie próspera a una especie en peligro de extinción. En unos pocos milenios, su capacidad de adaptación les permitió convertirse en conquistadores. Unas pocas decenas de milenios más y el genio inventivo de los humanos podría dominar a todos los mamíferos del mundo.

¿Qué pasaría si el Toba entrara en erupción hoy?

Afortunadamente, las calderas volcánicas siguen siendo muy raras. Aparte de las caídas de asteroides, la mayoría de los cambios bruscos del clima en los últimos milenios se han debido a la actividad volcánica y todos los cambios importantes fueron obra de calderas volcánicas. En los últimos 100000 años ha habido unos cuantos. Por ejemplo, en 1815, la erupción del Tambora provocó un “año sin verano”. Hace 3650 años, la isla de Santorini explotó, poniendo fin instantáneamente a la civilización cretense.

La tierra gira alrededor del Sol en una órbita que cambia continuamente, pasando de un círculo perfecto a una elipse alargada, en cincuenta mil años. 76000 años después de la erupción del Toba, nuestro planeta está mucho más cerca de su estrella. Actualmente gira prácticamente en círculo: tiene más calor. El globo también gira sobre sí mismo, alrededor de un eje inclinado que pasa por sus dos polos. La inclinación de este eje de rotación con respecto del Sol hace que hoy los veranos sean menos calurosos en el hemisferio norte y los inviernos menos fríos. Definitivamente no estamos en una edad de hielo.

Si la caldera volcánica del Toba explotara ahora, el impacto sería muy diferente. El volcán proyectaría miles de millones de toneladas de eyecciones en la estratósfera. Se formaría una gruesa capa de cenizas y ácido sulfúrico que ocultaría el Sol. La temperatura media de la tierra solo descendería 10 ºC. Al cabo de diez años, este enfriamiento global sería de solo dos grados. Las precipitaciones disminuirían en un 45 % aproximadamente durante varios años. Los que tienen medios económicos podrían soportar este frío repentino: comprarían ropa más abrigada, consumirían más calefacción y pagarían un alto precio por el agua dulce y los alimentos. Para dar un orden de magnitud más concreto: un habitante de Nápoles tendrá que vivir durante dos años como en un invierno en Montreal y luego, durante unos diez años, como alguien que vive en Hamburgo. Dos años de noche continua y frío intenso afectarán a su moral. La gran cantidad polvo que habrá por todas partes, incluso en sus bronquios, puede asfixiarlo. Los daños causados por las cenizas complicarán las cosas: los tejados de las casas se derrumbarán por el peso, los cables eléctricos también. Las condiciones de tránsito se volverán... difíciles. Es probable que las tuberías estén menos aisladas en Nápoles que en Montreal, por lo que reventarán. El número de quitanieves italianos será insuficiente. El estrés podría ser difícil de soportar, pero no habrá peligro para la supervivencia de este napolitano: el frío no lo matará. Es probable que la persona que vive hoy en Moscú tenga más dificultades para adaptarse a una bajada de temperatura de unos quince grados. Quizá se precipite a la opción de la emigración climática hacia el sur. El habitante de latitudes altas que no disponga de medios económicos para protegerse del frío estará en peligro.

La posición de la tierra con respecto al Sol es mucho más favorable que hace 76000 años. Por lo tanto, lo que mataría a los seres humanos en gran número no es el frío, sino el hambre.

La inanición es el mayor riesgo

Siete mil millones de personas pesan mucho más en nuestro planeta hoy en día. En las condiciones óptimas que conocemos, ya se considera que mil millones de personas están desnutridas. Si la erupción del Toba se produjera hoy, las plantas sufrirían considerablemente. Las precipitaciones disminuirían en un 45 % y nuestras enormes plantaciones de cereales y árboles frutales desaparecerían. El descenso de las temperaturas provocaría la desaparición de los árboles de hoja ancha de hoja perenne. Prácticamente todos los árboles tropicales perecerían. Las hierbas no sobrevivirían por falta de fotosíntesis. Las lluvias se volverían escasas pero muy ácidas. Los recursos de agua dulce disminuirían considerablemente, lo cual afectaría también a nuestras explotaciones agrícolas. Los árboles de hoja caduca quedarían diezmados.

Tras dos años sin sol, la vegetación volvería a brotar. Las hierbas volverían a crecer primero, su fotosíntesis es más débil que la de los árboles. El frío habrá acabado con los bosques, anulando el efecto refrigerante de su evapotranspiración. Alrededor del paralelo 40, la caza se reducirá y las cosechas serán muy escasas. Sin embargo, la población mundial se habrá concentrado principalmente en las zonas templadas. Las grandes maderas duras del norte se habrán congelado. Las de la zona intertropical no habrán soportado el frío. Entonces la tierra presentará al sol grandes áreas de hierba y árboles jóvenes en crecimiento. Absorberá más energía de sus rayos que en la actualidad. En los polos, el hielo sucio de polvo captará más de lo que refleja. El clima se calentará. Y entonces el clima se equilibrará de nuevo: al cabo de unas décadas, las plantas refrescarán la tierra mientras los nuevos hielos reflejarán los rayos del sol. Nuestra estrella nos calentará menos y finalmente deberíamos experimentar un enfriamiento global de 3 a 5 °C. Es significativo, pero no tiene nada que ver con el cataclismo que provocó la erupción hace 76000 años.

Hoy en día, la explosión de un volcán del tamaño del Toba afectaría menos al clima. Sin embargo, seguiría dando lugar a una tasa de mortalidad muy elevada, principalmente debido a la hambruna. Las simulaciones por ordenador son increíblemente complejas. Los científicos proponen una gran variedad de cifras. Suelen citar la cifra más sencilla de recordar, una de las hipótesis más bajas estima mil millones de muertos

¿Existen otras calderas volcánicas?

No sabemos si se esconden uno o varios volcanes bajo los océanos, pero sí sabemos que existe un supervolcán ante nuestros ojos. Todos lo conocemos porque en su superficie se encuentra uno de los parques naturales más famosos de los Estados Unidos de América. Es potencialmente más poderoso que el Toba. Los paleólogos lo descubrieron en 1990. Se trata de la caldera volcánica de Yellowstone.

El parque de Yellowstone ocupa un millón de hectáreas en el estado norteamericano de Wyoming. El terreno es relativamente plano, fue picado por el paso de los glaciares en la antigüedad. Se puede caminar por allí sin imaginar que se está pisando un volcán. La caldera se encuentra a pocos kilómetros bajo tierra y el paisaje no evoca los escarpados acantilados de un volcán. Es porque todo es enorme. En el horizonte se pueden ver pequeños relieves de unos treinta metros de altura. Estos son, de hecho, los labios del cráter. Las postales del parque suelen presentar al Viejo Fiel, un géiser que escupe a 55 metros de altura con gran regularidad. Los maravillosos colores del lago llamado La Gran Fuente Prismática dan como resultado fotos encantadoras. Todo allí parece idílico. A veces, una intensa actividad termal colapsa un camino, el cual se cierra inmediatamente al público. Los turistas pasean, entusiasmados, con sus cámaras cargadas de recuerdos inmortales.

Pero los hombres son mortales.

Bajo las sandalias de los turistas se encuentra el mayor volcán del mundo. En medio de la caldera, la tierra se eleva continuamente a la imperceptible velocidad de un metro cada 75 años. A 8000 metros de profundidad, la cámara de magma está sometida a una gran presión. En el magma a 1500 °C, los gases se comprimen. Cinco kilómetros por debajo de la superficie, la corteza terrestre está todavía a una temperatura de 350 °C. Este volcán está activo, ¡endiabladamente activo! Aproximadamente cien temblores de baja intensidad sacuden el suelo cada año, y este número va en aumento. Las fumarolas, las aguas termales y los géiseres son expresiones de la actividad subterránea. Muy por debajo de la superficie, las cámaras infrarrojas de la NASA han distinguido una gigantesca caldera de al menos 90 km por 30 km. Sería, por tanto, comparable a la del Toba.

Si no se extrapolan las estadísticas de las tres últimas explosiones, es imposible predecir cuándo tendrá lugar la próxima erupción del Yellowstone. Solo sabemos que será cataclísmica y que cambiará el aspecto del mundo. El hombre es muy poco cuando la tierra desencadena la potencia de una caldera volcánica.

Por muy extraordinaria y diversa que fuera, la evolución del “Hombre, el mamífero que se para en dos patas” se detuvo bruscamente hace 76000 años, cuando el Toba mató abruptamente a casi todos los descendientes del Homo Erectus. Los científicos llaman a este momento “el cuello de botella de la evolución”. Esta casi extinción de nuestra especie simplifica nuestro árbol genealógico: entre los 3000 supervivientes en el corazón de África, todos tenían las mismas características morfológicas. Todos caminaban igual, compartían el mismo color de piel y de pelo, todos sabían hablar y controlar el fuego: ¡una simplificación impresionante para la paleontología!

Al cabo de unos pocos millones de años de evolución, una minúscula rama del linaje de los grandes simios había dado lugar a un millón de homínidos diversos con conocimientos contrastados, perdidos en la inmensidad del globo cuando un repentino y colosal estallido de lava, piedras y cenizas lo resumió todo a tres minúsculos grupos de individuos. Prácticamente todos los homínidos del mundo estaban muertos, excepto nuestros antepasados.

Dejamos el Paleolítico y entramos en la protohistoria. La especie humana renació a partir de unos pocos supervivientes de la erupción del Toba.

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La potencia del Toba equivale a la erupción simultánea de trescientos volcanes como el Pinatubo (1991), o a tres mil explosiones simultáneas de volcanes (tradicionales) del tamaño del monte Santa Helena. La cantidad de eyección proyectada por la erupción del Toba en el 74000 a.C. podría haber cubierto toda la tierra que emergió de un colchón de más de un metro de espesor.

La edad de hielo desencadenada por la erupción del Toba se denomina “Edad de Hielo de Würm”. Este cambio climático no terminó hasta hace 12000 años, al final del Dryas Reciente, cuando comenzó el Holoceno.

En 1815, el Tambora entró en erupción en la isla de Sumbawa, Indonesia. En el hemisferio norte, las temperaturas bajaron tanto que las piedras estallaron en las heladas de agosto en Nueva Inglaterra, Canadá y Europa occidental. El mundo no conoció el verano en 1816. En Bengala se produjo una terrible hambruna; aparecieron y se extendieron focos de cólera; se produjo la primera gran epidemia de cólera de la historia. La hambruna provocó grandes movimientos sociales en toda Europa. Las revoluciones se multiplicaron en España, Alemania, Grecia, Europa del este, Rumanía, Italia y América Latina.

En el verano de 1783, el Laki entró en erupción en Islandia. Sus nubes enfriaron la tierra y fueron seguidas por una niebla seca que cubrió Europa. Las cosechas fueron pésimas. El hambre se convirtió en algo tan generalizado que se sabe que fue una de las principales causas de la Revolución francesa de 1789.

En 1453, el Kuwae entró en erupción. El clima de la tierra se enfrió tres grados. Las cenizas cubrieron el cielo de Constantinopla. El sol hizo que adquiriera un color rojo sangriento. La población, asediada por los turcos, habría interpretado este fenómeno como un muy mal presagio. La gente habría huido al anochecer, dejando la puerta de Kerkoporta abierta. Así, los otomanos habrían atravesado sus infranqueables murallas sin dar un golpe. Era el fin del Imperio Bizantino.

En 1258, un volcán de caldera explotó en Indonesia, en la isla de Lombok. La pluma eruptiva se elevó a 43000 metros, la nube de ceniza oscureció la luna. Fue la mayor erupción volcánica del último milenio. Las lecturas de temperatura chinas e inglesas permiten situarla en enero de 1258. Las lluvias y el frío fueron especialmente intensos, lo que provocó inmensas hambrunas (un tercio de los habitantes de Londres murieron de hambre). Una epidemia de murrañas atacó a los rebaños de ovejas, las prolongadas heladas mataron a las vacas. Islandia quedó aislada por el hielo. Enseguida apareció una peste que, tras un duro invierno, se extendió a partir de abril de 1259; desde oriente Medio hasta Europa, la epidemia diezmó a la población. El ejército mongol entró en Bagdad pero, por falta de alimentos, detuvo su conquista de Europa oriental. El intenso frío que provocó esta erupción hizo que el enfriamiento del planeta se acelerara hacia la Pequeña Edad de Hielo.

Si las dos últimas erupciones de calderas volcánicas, el Pinatubo (1991) y el Tambora (1815), fueron letales, fue sobre todo de forma indirecta: desencadenaron la instalación prolongada del fenómeno climático de El Niño. A ello siguió una grave sequía en los trópicos (Gagan, 1995), cuyo volumen de precipitaciones se redujo a la mitad (Pittcock, 1989), lo que provocó graves hambrunas.

Harwell (1984) estudió el impacto de la temperatura en la muerte de los árboles. No tuvo en cuenta el impacto de la lluvia ácida que contiene azufre. No obstante, su trabajo arroja luz sobre el impacto de una variación de las temperaturas medias de la tierra de unos pocos grados en las plantas.

Si las temperaturas bajaran 3 °C durante 5 años, la biomasa de los árboles de las zonas templadas disminuiría un 25 % y el bosque recuperaría su volumen al cabo de unos cincuenta años. En el caso de los ecosistemas herbáceos, un descenso de 3 °C en la temperatura disminuiría la biomasa en un 9 %.

En el caso de un descenso de la temperatura de 6 °C, la biomasa disminuiría un 80 % y solo recuperaría el 50 % de su volumen inicial al cabo de 50 años.

Si las temperaturas disminuyeran en 9 °C durante 5 años, el 90 % de la biomasa se destruiría, solo se encontraría el 33 % de la masa inicial después de 50 años. Y los sistemas herbáceos verían disminuir su biomasa en un 51 %. (¡En Europa, la erupción del Toba enfrió la tierra en 16 °C!).

Se han encontrado fósiles de cientos de mamíferos muertos por una erupción de Yellowstone hace 10 millones de años: sus pulmones habían sido lacerados por el polvo volcánico, habían muerto al toser su sangre.

Yellowstone ya entró en erupción hace 1.8, luego 1.2 y después 0.64 millones de años. Durante esta última explosión, el volcán había expulsado 2500 millones de metros cúbicos de magma (casi tanto como el Toba: 2800 millones).

En Nueva Zelanda, bajo el lago Taupo, se encuentra un volcán de caldera de tamaño solo ligeramente inferior. Se le ve como la leche al fuego. Ha entrado en erupción aproximadamente cada novecientos años (durante 27000 años), pero desde hace 1700 años que no explota.

Del Toba solo queda un gran lago, en la superficie. En las profundidades de la tierra, en el mismo lugar, está renaciendo un nuevo volcán de caldera. Ha experimentado algunos terremotos graves (de hasta magnitud 9 en la escala de Richter), pero no parece preocupar a los vulcanólogos.

En 2012 se descubrió una caldera activa de 13 km de diámetro, a pocos kilómetros de la ciudad de Nápoles (Italia), cuyo lago de roca fundida sigue creciendo.

No es una regla establecida, pero parece que las erupciones de las calderas volcánicas son tan potentes que siempre inducen erupciones o terremotos asociados (a veces a más de 10000 km de distancia).

El Homo floresiensis también ha sobrevivido al Toba, pero ha permanecido, indefinidamente en la selva de la isla indonesia de Flores, hasta su extinción en torno al 16000 a.C. La erupción del Toba habría acabado con prácticamente todas las demás líneas de Homo Erectus, incluidas aquellas de las que hemos descubierto esqueletos recientemente (Marruecos, Georgia, China, Mongolia...). Es de esperar que los arqueólogos descubran otras especies de Homo que sobrevivieron al Toba. Los genetistas han descubierto que los denisovanos también descienden del Homo Erectus.


La epopeya de los sapiens

El ritmo natural de los días y las noches había vuelto, pero la atmósfera seguía siendo opaca. El suelo era uniformemente gris; incluso los océanos tenían un aspecto apagado. Todavía hacía frío, pero desde la erupción las temperaturas no habían dejado de subir. El sol estaba allí: todo iba a vivir de nuevo.

Gracias al rico polvo volcánico, calentado por la irradiación solar, las plantas supervivientes se multiplicaron en la tierra y en las aguas. Los humanos comenzaron a abandonar las tierras altas de África Oriental. Se fueron en pequeños grupos familiares. Se ganaban la vida con la caza. En el camino, recolectaban o recogían espigas. Al aislarse de sus congéneres, su reproducción era a veces endogámica. La más mínima enfermedad o lesión ponía en peligro la supervivencia del grupo. Dedicaban su energía a la supervivencia de la especie, aunque esta noción les fuera ajena.

Grupos, clanes, pueblos

Algunos se dirigieron hacia el oeste y pulularon por toda África, mientras que otros, coto a coto, subieron desde los Grandes Lagos, al este del continente, hasta el mar Mediterráneo. Su ADN llevaba un marcador genético particular: el M130. Hacia el 45000 a.C., después de haber pasado por Egipto, atravesaron las tierras de los neandertales, quienes habían aprendido a soportar el frío más intenso de la Edad de Hielo. Su modo de vida, su cuerpo, especialmente la forma de sus fosas nasales, así como su sistema inmunitario, se habían adaptado a las temperaturas gélidas. Cazaban sobre todo en el bosque, favoreciendo la fuerza a la forma física. Curiosamente, los hombres y mujeres neandertales utilizaban pigmentos de colores con regularidad.

Tanto los neandertales como los sapiens descienden del Homo Heidelbergensis. La separación entre los linajes se produjo alrededor del 600000 a.C. Al ser primos lejanos, su unión fue fértil. Hubo acoplamientos entre los dos pueblos: el ADN de los Homo sapiens que salieron de África se había enriquecido con un 1.5 a 3 % de genes neandertales. Los últimos neandertales de Siberia llevaban un 7.1 % de genes sapiens. No sabemos cuál fue la causa de la desaparición de los linajes puros de neandertales y Homo Erectus, pero al parecer todos murieron entre el 30000 y el 25000 a.C. Sospechamos que fue debido a una pandemia desconocida. Los únicos que sobrevivieron fueron los mestizos. Pero no cualquier mestizo, solo sobrevivieron aquellos cuya madre era Homo sapiens, que habían heredado el sistema inmunitario, la pigmentación y los ojos de los neandertales, cuya esbeltez y la mayoría de sus características físicas eran fruto del genoma sapiens. La genética ha demostrado que, desde Europa hasta Asia, después del 24000 a.C., ya no hay neandertales ni sapiens en el norte del mar Mediterráneo: solo mestizos cuyo genoma contiene una parte predominante de genes sapiens que siguen llamándose Homo sapiens.

Durante cada era interglaciar, la mayoría de los Homo Sapiens siguieron de cerca el límite del hielo. El clima ideal era el frío porque permite conservar la carne durante unos días. Favorecían las zonas forestales porque allí encontraban más presas. A medida que las temperaturas del mundo variaban, se acercaban a la latitud más apropiada para su estilo de vida. Hacia el 40000 a.C., muchos de ellos se concentraron entre Irán y Afganistán. El Himalaya bloqueaba cualquier avance hacia el este.

Poco antes del 30000 a.C., probablemente algunos cambiaron de región. Decidieron dar la espalda al sol naciente y dirigirse al oeste. Habían desarrollado un nuevo marcador genético: el M173. Al cazar siempre en pequeños grupos, siguieron a sus presas hasta las costas de Europa occidental. También se les conoce como “cromañón”.

La mayoría abandonó las tierras altas iraníes y continuó su viaje, como siempre, hacia el este. Una mutación en su ADN dio lugar a un nuevo marcador genético: el M9. Habían procreado lo suficiente como para que sus unidades pasaran de “grupo” a “clan”. Estos “clanes euroasiáticos” se dividieron entonces en dos grupos.

El grupo más pequeño había desarrollado tácticas de caza especialmente adaptadas a los bosques densos. Seguían a sus presas a través del sur del Himalaya, por el sudeste asiático. Se desplazaron hasta Malasia en constante peligro. Durante las glaciaciones del Cuaternario, gran parte de los océanos se congelaron formando témpanos de hielo. El nivel del agua descendió considerablemente. Aprovecharon la oportunidad para caminar en terreno seco hasta Indonesia. Los hombres del segundo grupo M9 habían inventado las agujas de coser. En su lugar, partían astillas de hueso que permitían pasar una fina tira de tendón a través de una piel ligeramente curtida. Este invento les permitía juntar las pieles para formar prendas adecuadas a la persona que vestían. Una vez protegidos del frío, con los zapatos puestos, este clan se dirigió al norte. Vivían principalmente de la caza de mamuts lanudos y renos. Dejaron muchos rastros en Siberia alrededor del 25000 a.C. y acabaron desarrollando un nuevo marcador genético: el M45. Al pasar por las grandes llanuras ricas en rumiantes, se encontraron con un pueblo que también había sobrevivido al Toba: los hombres de Denísova. Los mestizos resultantes de su apareamiento tenían un 3 % del acervo genético denisovano, incluido el marcador M45.

Los clanes M9, que llevaban el marcador M45 desde su llegada a Siberia, eran especialmente móviles y fértiles. Su herencia genética se enriquece con un 0.3 % de genes denisovanos. Poblaron toda Asia Central y llegaron hasta el oeste de China hacia el 35000 a.C. Algunos de ellos se dirigieron al norte por el hielo y llegaron a Alaska hacia el 15000 a.C. Dejaron su huella en el oeste americano hacia el 12000 a.C. Algunos aprovecharon los recientes cambios climáticos del Dryas Reciente para continuar hasta la Patagonia.

Los más innovadores de los M45 navegaron a lo largo de la costa asiática hasta Nueva Guinea en el 30000 a.C., lo que sugiere que encontraron una forma de desplazarse por el agua. Su herencia genética contenía un 6 % de genes denisovanos.

Estos viajes duraron decenas de miles de años. Había que protegerse constantemente pues la supervivencia era una lucha perpetua. Las presas les indicaban el camino. Los seres humanos fueron allí donde los animales aún no conocían sus tácticas de caza, condenados a desplazarse, a pie, llevando herramientas. Avanzaron hacia lo desconocido y adoptaron la estrategia más eficaz: ser nómadas. No es de extrañar que el hombre haya desarrollado una capacidad de adaptación excepcional. Al perderse en tierras que no conocía tenía que encontrar cada día agua, plantas comestibles y presas. La gran resistencia del cuerpo femenino tuvo que superar la prueba de dar a luz, cargar y amamantar mientras viajaba en esas condiciones. Los hombres tenían que caminar mucho, trepar, cargar, correr y enfrentarse con violencia instantánea. Además, el tamaño de su cerebro era mayor que ahora. El lenguaje articulado era una ventaja decisiva.

Este inmenso viaje alrededor del mundo indujo muchos otros cambios, especialmente en la fisiología humana.

Fisiologías

Como nuestro planeta estaba entonces más alejado del sol, sus rayos eran menos potentes. Irradiaban con menor intensidad a los que evolucionaban lejos del ecuador. Sin embargo, el cuerpo humano necesita recibir luz solar para sintetizar la vitamina D. Esta es esencial para la vida, ya que permite la asimilación del calcio. Pero los clanes M45 viajaban por toda Siberia, envueltos en ropas hechas con piel de animal. Debieron de haber estado en un estado avanzado de descalcificación. Sus cuerpos se adaptaron revelando más genes de incuestionable origen neandertal y haciendo la metilación dos genes sapiens.

La selección natural estaba actuando. Poco a poco, aquellos cuya piel estaba despigmentada resultaron ser más sanos que otros, en este tiempo. La regulación de la melanina en la epidermis les permitía absorber mejor los escasos rayos solares que les llegaban. Cuanto más al norte vivían los clanes, más claros eran su cabello y su piel. La forma de los cuerpos también se adaptó al entorno climático de cada individuo. Los M173 que poblaron los bosques de Europa, protegidos de la ventisca por la vegetación, desarrollaron un cuello más largo y una nariz más alta que los clanes que cruzaron las grandes llanuras de Mongolia para ir a China.

Desde la helada Siberia hasta Asia Central, los humanos tuvieron que adaptarse a los fríos vientos que barrían el hielo y a la constante reverberación del sol: sus rostros tenían narices cortas, párpados de doble pliegue y pómulos altos. Soportaron un clima tan duro durante su viaje que desarrollaron un marcador genético especial: el M175. Solo el instinto de supervivencia les permitió librarse de las penurias. El esfuerzo fue tan considerable que su morfología tuvo que adaptarse. El hecho de empujar la nieve con las piernas cambió la forma de sus caderas.

La explosión del Toba fue el inicio. El largo viaje posterior dio forma a la humanidad. La mezcla dio lugar a nuevos grupos étnicos, a nuevos fenotipos. A lo largo de estos 50000 años, nuestras morfologías se adaptaron a nuestro entorno climático en función del camino que tomaron los seres humanos.

El ser inteligente

La caza era la actividad predominante, era lo que obligaba a moverse en función de los movimientos de las presas. La mayoría de los humanos se desplazaban en pequeños grupos, principalmente en familias. Los hombres eran de la misma familia, pero las mujeres procedían de grupos externos. La comodidad del alojamiento se limitaba a la protección contra la lluvia y el viento, la vida dependía de la abundancia de alimentos. A medida que los nómadas vagaban, se descubrían nuevas plantas y frutos. Aprendieron a distinguir entre las que aportaban fuerza, las que curaban y las que contenían venenos. Sabían cómo protegerse de los parásitos intestinales o resistir una fractura. Cada movimiento traía su propia serie de cambios, pero los grandes felinos seguían siendo una amenaza mortal. Los cerebros de los humanos se acostumbraron a la necesidad de adaptarse continuamente a las nuevas circunstancias.

Los humanos cazaban en grupo. Inventaron trampas, tácticas y estrategias. Podían hablar entre ellos y transmitir información precisa. Los conocimientos y la excelencia de hombres y mujeres progresaban de forma complementaria. Las parejas permitieron la evolución de nuevas formas de inteligencia en un grado superior al de cualquier otro mamífero. Sus cerebros se desarrollaron mucho más que sus músculos, especialmente los lóbulos frontales.

Los sapiens disponían de un arma formidable: podían asustar a cualquier mamífero hasta ahuyentarlo. Lo único que tenían que hacer era prender fuego a algo. Pero el truco no podía repetirse infinitamente. Tarde o temprano, un rinoceronte astuto llegaría a comprender que los palos en llamas huelen a fuego pero no son peligrosos. Por lo tanto, los humanos buscarían continuamente presas que nunca se hubieran encontrado con otros de su especie, que no conocieran ni sus tácticas ni sus armas. Cuando se encontraban con otro grupo de humanos, tendían a alejarse de los territorios de caza ya explotados.

Se calcula que, a lo largo de su vida, un sapiens había conocido a menos de 150 personas. La incorporación de conocimientos fue lenta durante este periodo, y la nueva información procedía principalmente de los intercambios entre mujeres. Luego, cuando los mejores terrenos de caza empezaron a poblarse, la presión demográfica tuvo su efecto: los primos acabaron viviendo a menor distancia unos de otros. Durante el Mesolítico, aparecieron clanes en zonas geográficas concretas. Esto permitió la aparición de una inteligencia colectiva que uno imagina se basaban en las religiones animistas y las reuniones de aniversarios. El resultado fue un ingenio creciente. Los humanos de esta epopeya inventaron mucho: herramientas y ropa, armas y hábitats. Esta facultad, amplificada por su capacidad de comunicación y transmisión de conocimientos, les dio una ventaja decisiva.

En sesenta mil años, el ser humano había pasado del bípedo de los paleontólogos al hombre, el ser inteligente de los arqueólogos.

Los humanos se habían extendido por todo el mundo, iban a conquistarlo.

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Más información - La epopeya de los sapiens

Neandertales y Sapiens vivieron en los mismos territorios durante casi 20000 años. Desde el 2011, la desaparición de la mayor parte de los H. neandertalis se atribuye cada vez más a las nubes de sulfuros provocadas por la erupción del volcán de la caldera napolitana hace 40000 años (Ignimbrita Campaniana). Sin embargo, la universalidad de su desaparición (hasta Asia) y la probable concomitancia de la desaparición del Homo sapiens puro sugieren más bien una pandemia contra la que solo estaba armado el genoma de los mestizos supervivientes. El enfriamiento debido a la erupción del volcán italiano puede haber sido el desencadenante de una pandemia.

Las mitocondrias de los cruces sapiens-neandertales supervivientes siguen todas el linaje sapiens. Por lo tanto, deducimos que las madres de estos mestizos eran exclusivamente sapiens, lo que implica que muchas de estas madres murieron en el parto, ya que el tamaño de las cabezas de los bebés de los neandertales era claramente mayor que el de los bebés de los sapiens (a nivel de las espinas ciáticas, el diámetro del “estrecho pélvico medio” de las mujeres de los neandertales es un 10 % mayor que el de las sapiens).

Entre los genes que hemos heredado de los neandertales, hemos identificado los que controlan los niveles de vitamina D o de colesterol LDL en la sangre, los responsables de ciertos trastornos alimentarios pero también de la gestión de la asimilación de las grasas, los de la artritis reumatoide, el de la esquizofrenia, etcétera.

El enfriamiento del H4, hacia el 38000 a.C., fue probablemente intenso y abrupto debido a la erupción cerca de Nápoles de las Ignimbritas Campanienses, como lo demuestran los núcleos de hielo del Ártico (NGRIP). Provocó la muerte de un gran número de animales y plantas (semiextinción de especies), en particular hacia el sureste (hasta Egipto) y hacia el este (hasta el lago Baikal y el Cáucaso) a causa de una nube muy densa de compuestos sulfurosos y azufrados que se desplazó a muy baja altura.

La siguiente glaciación (H3), aproximadamente del 32500 al 30500 a.C., marca el límite entre el Paleolítico Medio y el Paleolítico Superior. También fue lo suficientemente fría como para que los cruces entre sapiens, neandertales y denisovanos que ya habían cruzado Siberia encontraran fácilmente un paso seco para ir a pie entre Rusia y el continente americano, donde se asentaron. Sus piedras talladas características (raspadores de dos caras, pequeños bifaces para fijar, puntas) se encuentran en todas las civilizaciones paleoindias de América del Norte. Los mestizos que aún no habían atravesado Siberia se vieron bloqueados por las duras condiciones climáticas y su viaje se dirigió hacia el este; aprovecharon estos dos mil años para inventar un nuevo tipo de herramientas, más elaboradas, utilizando varias capas en un sílex. También desarrollaron la fabricación de herramientas de hueso, más ligeras y especializadas: cuchillos, taladros, agujas, cinceles, arpones, átlatl. Por lo tanto, este tipo de herramienta no se encontró en Paleoamérica, sino en el este de Asia.

La fabricación de herramientas transportables después del H3 es característica. Los humanos podían llevarlas de un lugar de residencia a otro. Estos grupos de individuos, inspirados en gran medida en el hábitat relativamente permanente de los neandertales, se desplazaban de una zona de caza a otra en función de la estación del año, normalmente de una cueva de verano, que ofrecía una amplia vista de las llanuras y los arroyos pescables, a una cueva de invierno protegida de los vientos dominantes pero orientada al sur. Por lo tanto, la “gran migración”, al Atlántico y al Pacífico (al norte del Himalaya), terminó alrededor del 30000 a.C. Grupos cada vez más numerosos migraron sobre un vasto territorio ya conocido. Los clanes comenzaron a formarse alrededor de esta época.

Se cree que los grupos M45 fueron los primeros humanos que dieron forma a sus territorios de caza practicando incendios forestales. Al hacerlo, crearon largos “corredores” de pastizales sin árboles, ideales para el pastoreo de mamuts lanudos y renos. Así, las migraciones de estos animales pasaban regularmente por estas zonas de caza, cerca de las cuevas habitadas por los M45.

Cada vez que un accidente (caída de rocas, derrumbe de una cueva, avalanchas, etcétera) ha permitido encontrar los huesos de todo un grupo de Homo sapiens u Homo neandertalis; resulta que todos los “machos” estaban genéticamente muy próximos (padre, hijos, hermanos, incluso primos... o tíos) cuando todas las “hembras” procedían de grupos familiares genéticamente muy distintos. Los científicos concluyen que, para evitar los defectos de consanguinidad, los grupos de cazadores solían intercambiar a sus hijas. No se sabe si intercambiaban púberes o prepúberes. Estos intercambios parecen tan sistemáticos que uno imagina que no iban acompañados de violencia y que más bien formaban parte de una norma compartida, parte del modo de vida de la época. Lo que está establecido para los Sapiens no lo está para los H. Erectus, pero uno puede imaginar que era lo mismo ya que la herencia genética del H. Erectus que se ha encontrado tampoco muestra una endogamia repetida. Por cierto, esta forma de vida explicaría por qué cuando el H. Erectus cruzó el territorio de los neandertales hubo tanta mezcla genética o por qué parece tan plausible la hipótesis de una pandemia que habría acabado con los sapiens y los neandertales.

El esqueleto del perro domesticado más antiguo que se conoce procede de la cueva de Goyet, en Bélgica. Dataría del 30000 a.C., por tanto del Paleolítico Superior. Se han encontrado numerosos huesos de perro en toda la región de los Alpes, sobre todo en yacimientos lacustres, pero todos tienen menos de 12000 años de antigüedad.

Los antiguos nombres que segmentan los periodos del Paleolítico Superior derivan del nombre de los yacimientos explorados por los arqueólogos: Auriñaciense (del 32500 al 28000 a.C.), Gravetense (del 28000 al 20000 a.C.), Solutreano (del 20000 al 10000 a.C.). El Magdaleniense (del 10000 al 5000 a.C.) corresponde al inicio del Neolítico.

-Migración forestal

Hace 24000 años, Europa estaba cubierta en su mayor parte por glaciares. Las temperaturas medias del mes más cálido solo superaban los 10 °C en unos pocos lugares. La tundra crecía hasta Burdeos o Lyon, rodeada de inmensos desiertos glaciares. Los hielos invernales del Ártico se extendían hasta los Pirineos.

Hace 15000 años el clima comenzó a calentarse: estábamos saliendo lentamente de una era glacial. Las tundras se desplazaron hacia el norte, dando paso a estepas herbáceas. En el sur de Europa aparecieron algunas manchas de bosque disperso.

Hace 13000 años, un bosque de coníferas cubría Europa. Muy al sur, en Italia, apareció un bosque caducifolio.

El súbito enfriamiento del Dryas Reciente pareció arrasar con todo. Cuando se produjo un calentamiento aún más brutal: el bosque de coníferas se desplazó hacia el norte, el bosque caducifolio se extendió por gran parte de Europa. En el sur, se asentó el bosque mediterráneo.

Hace 5000 años, los bosques caducifolios se extendieron por toda la Europa templada. El norte se cubrió de coníferas. La tundra se limitó a Islandia y Escandinavia.

En los últimos 5000 años, desde el Diluvio hasta la Revolución Industrial, la huella del hombre en el bosque se hizo notar. Al quemarlo y desbrozarlo, modificaron la distribución natural y privilegiaron las únicas especies que les parecían útiles. La invención del acero, hacia el año 800, aceleró notablemente la domesticación de los paisajes.

Desde los tiempos modernos, la humanidad ha dado prioridad a las tierras agrícolas y a la urbanización, ha invadido el territorio de los bosques.

La migración de los robles sésiles portugueses siguió un eje completo hacia el norte. Los procedentes de los Balcanes se extendieron hacia el oeste a través de Turquía. El oeste de Francia se cubrió entonces de robles portugueses, mientras que los bosques del este y del centro del país son todos de origen balcánico. En cuanto al roble blanco o roble trufado, procedía exclusivamente de Italia.

La progresión de los robles es impresionante: ¡3000 km en 3000 años! Sin embargo, el peso de sus frutos impide que los vientos los esparzan lejos de los extremos de sus ramas bajas. Las ardillas trasladan las bellotas más lejos, pero las hacen estériles (con un mordisco) para evitar que germinen sus reservas de invierno. Esta velocidad de propagación solo es posible gracias a los arrendajos, que en algunos años transportan las bellotas a decenas de kilómetros.

  • Puntos de referencia cronológicos aproximados: el sistema solar actual se creó hace 4500 millones de años (4.5682), el hombre apareció hace 4.5 millones de años (Ardi), el Homo sapiens se extendió sobre el territorio neandertal hace 45000 años.
  • La teoría de Milankovitch fue muy criticada hasta que se descubrieron dos historias que confirmaron su impacto: los períodos de transformación de los bosques africanos en sabanas, así como los registros de los niveles de agua en los sedimentos oceánicos, en ambos últimos millones de años, corresponden exactamente a los tres ciclos clave (19 y 23000; 41000 y 100000 años) de los tres parámetros astronómicos que describe.

Milankovich estudió las tres rotaciones principales de la tierra alrededor del Sol. La excentricidad representa la larga elipse descrita por la trayectoria orbital de nuestro planeta alrededor del Sol, es una elipse y no un círculo, por lo que existe una excentricidad con respecto al Sol que se reproduce al idéntico según un ciclo de 100000 años (y otro de 413000 años). La oblicuidad describe la variación de la inclinación del eje de rotación de la tierra entre 21.5 y 24.5° en un ciclo de 41000 años. La precesión del eje de rotación de la tierra describe el cono de 44-49° que dibuja en el espacio y determina la migración de la posición de los solsticios y equinoccios (19000 o 23000 años).

En la actualidad:

  • Excentricidad: Nuestro planeta se encuentra prácticamente en una trayectoria redonda alrededor del sol, ya que se sitúa en el extremo de la elipse, más cerca del Sol a 147 millones de kilómetros en enero y a 152 millones de kilómetros en julio. Por tanto, los contrastes entre las estaciones cálidas y frías son mínimos. A finales del Mesolítico, hace 11500 años, ocurría lo contrario: los veranos eran bastante más calurosos y los inviernos bastante más fríos.
  • Oblicuidad: nos encontramos girando en un ángulo de 23.4°, por lo que las estaciones son moderadamente marcadas y de duraciones equilibradas.
  • Precesión: Para el hemisferio norte, el solsticio de verano se produce a mayor distancia del Sol que el de invierno (nos calienta relativamente más en invierno y menos en verano).

Obsérvese que, según estos tres parámetros, la posición planetaria de la tierra le confiere actualmente un clima notablemente suave para el hemisferio norte.


Los natufienses

El Holoceno, era geológica, y el Neolítico, era civilizacional, comienzan al mismo tiempo, al final del Dryas Reciente. Es un punto de referencia conveniente entre las diferentes escalas de tiempo definidas por el Servicio Geológico Británico, compuesto por historiadores y paleontólogos. La fecha suele ser el 10000 a.C.

El Holoceno termina cuando comienza el Antropoceno, es decir, cuando la huella del hombre en el planeta se vuelve predominante. Por lo general, su punto de partida se sitúa en el año 2000. Por supuesto, uno encontrará científicos que declaren que el Servicio Geológico Británico está compuesto solo por viejos ciegos: “el Antropoceno debería haber comenzado tan pronto como la humanidad supo cómo iniciar los incendios forestales y esclavizar el planeta”. Admitamos que es más sencillo para todos considerar que el Holoceno comenzó en el 10000 a.C. y terminó en el 2000 d.C., con una duración de 12000 años.

Nuestro planeta no estaba en la misma posición estelar: orbitaba mucho más lejos del sol que hoy. Habíamos dejado el Último Máximo Glacial alrededor del 19000 a.C. Las temperaturas medias en todo el planeta eran como una montaña rusa, pero en su mayoría se dirigían hacia arriba. Este periodo de la historia lleva un nombre revelador: Deglaciación.            

En Estados Unidos, las aguas de los glaciares desembocaban en el Golfo de México a través del río Mississippi. En Canadá se estaba formando un lago de agua dulce. Tenía 5000 kilómetros de longitud en el 11400 a.C. De repente, la atmósfera se calentó y el resultado fue un frío intenso: las temperaturas disminuirían hasta acercarse a las del Último Máximo Glacial.

¿El calentamiento global provocó una edad de hielo?

Los asteroides chocaron contra la tierra. Al atravesar la atmósfera, la temperatura de estos meteoritos aumenta a medida que la atmósfera se hace más densa cerca del suelo. La mayoría de estas rocas espaciales explotaron a unos pocos kilómetros por encima de Norteamérica. Inmediatamente provocaron enormes incendios forestales. El calor liberado fue suficiente para calentar la atmósfera terrestre. R.B. Firestone descubrió recientemente rastros característicos de este acontecimiento: los incendios habían dejado una capa continua de cenizas sobre Norteamérica. El objeto extraterrestre había traído del espacio polvos de fullerenos, nanodiamantes, iridio y esférulas. El resto probablemente cayó en Groenlandia, cavando un cráter de 30 km de diámetro en el hielo.

Una de estas eyecciones se precipitó en Sept-Îles, en el Golfo de San Lorenzo. Al perforar la capa de hielo, cavó un cráter de 4 km en el suelo. La barrera de hielo Laurentino se derritió al instante. El inmenso lago glacial canadiense se vertió entonces en el Atlántico Norte. La cantidad de agua fue gigantesca. Fue un cataclismo: durante un siglo, un río de agua dulce congelada, con un caudal superior al del Amazonas, fluyó hacia el este, al sur de Groenlandia. Ningún río importante había desembocado en esta parte del Canadá atlántico. La variación de la salinidad se desplomó. El clima de la tierra dio un vuelco. La circulación termohalina del océano que genera la corriente del Golfo se detuvo. 70000 millones de toneladas de agua, a la temperatura de un cubo de hielo, enfriaron todas las costas del Atlántico Norte. El casquete polar triplicó su superficie. Cubrió los bosques. Los rayos solares, ahora reflejados por esta inmensidad blanca, no pudieron calentar tanto el suelo. Las temperaturas descendieron tanto que la capa de hielo llegó hasta la costa norte de España. Este periodo glacial se ha denominado “Dryas Reciente”. Duró casi 1500 años, desde el 10900 a.C. hasta el 9700 a.C., y provocó una de las mayores extinciones de especies vivas conocidas.

Bajo las cenizas descubiertas por R.B. Firestone había rastros de una civilización humana: la cultura Clovis. Por encima no se encontró ninguna señal de ella. Por tanto, este pueblo prehistórico no habría sobrevivido al cataclismo. La megafauna americana también había desaparecido: el mamut lanudo, el tigre dientes de sable, los mastodontes... Todos los grandes mamíferos del hemisferio norte murieron. Si clasificamos las especies animales actuales por su peso, podríamos considerar que las más grandes pesan más de cien libras, en la época del Dryas Reciente lo habríamos expresado en toneladas.                    

Había tanta agua congelada en los continentes que el nivel de los océanos descendió doscientos metros. Los mares ya apenas se evaporaban, lo que provocó una sequía global. El régimen de vientos cambió.

El bosque de Escandinavia se congeló y fue sustituido por la tundra. Se podía caminar sobre terreno seco de Asia a América y de América a Europa.

Los árboles ya ni siquiera detenían el viento en las superficies heladas. En el sur de Francia, las temperaturas medias oscilaban probablemente entre -30 °C en invierno y de 5 a 10 °C en la época más calurosa del verano.

Nada en la tierra tiene un impacto tan impresionante sobre la vida o los paisajes como una edad de hielo: grandes masas de hielo cubren las montañas. Enormes capas de sedimentos son empujadas a lo largo de decenas de kilómetros, dejando al descubierto la roca desnuda. La vegetación muere. Los animales se concentran en su supervivencia. Uno a uno, los humanos ven desaparecer los medios de subsistencia que creían eternos.

El mundo nunca ha conocido tanto frío desde el Dryas Reciente.

En el sur, la inmensa capa de hielo de la Antártida, varias veces mayor que la actual, se extendía hacia África y Nueva Zelanda y, en invierno, cubría hasta las islas Desolación, las islas Kerguelen. La circulación termohalina estaba interrumpida, su corriente no llevaba las aguas frías del Atlántico norte al océano Antártico. El hemisferio sur estaba constantemente frío, aunque el enfriamiento se sentía más lentamente que en el norte.

En el 9500 a.C.

De repente, toda la tierra se calentó 15°C en cuarenta años.    

Cuatrocientos mil años de historia climática registrados por núcleos de hielo nunca han mostrado otro aumento de temperatura de tal intensidad. En pocos años, la concentración de metano en la atmósfera se duplicó, las de nitrógeno y argón también aumentaron. La concentración atmosférica de dióxido de carbono alcanza las 240 ppm.

No sabemos con certeza qué acontecimientos pudieron provocar un calentamiento tan violento. Se sabe que las temperaturas empezaron a subir en el norte del Atlántico tropical, provocando un importante calentamiento de las mareas superficiales. Veinte años después, el termómetro había subido bruscamente 7 °C en cinco años. Finalmente, en quince años, la temperatura media mundial había aumentado otros 8 °C. Fue necesario un cataclismo para que el planeta tierra se calentara tan bruscamente.

Una teoría estándar atribuye este calentamiento a un meteorito. Una bola gigante de hielo habría atravesado la atmósfera. Al llegar sobre el Atlántico Norte, habría explotado en pequeños fragmentos. Cincuenta mil rocas de hielo se habrían estrellado en Norteamérica, creando tantos agujeros como los que aún vemos, por ejemplo, en las bahías de Carolina. La energía liberada por estos impactos habría desprendido suficiente calor para provocar un calentamiento repentino, causando el fin del Dryas Reciente.

El régimen de lluvias cambió. El monzón desapareció casi por completo de sus territorios habituales. Se fue hacia el sur. El Sáhara había conocido un larguísimo periodo de desertización: se volvió verde, incluso pantanoso. Los cocodrilos y los hipopótamos se instalaron allí.

El ser humano evita las regiones demasiado desérticas. En China y Europa, enormes colinas habían sido despojadas. El loess estaba desnudo. Los glaciares habían arrastrado toda la cubierta vegetal y mineral. Estos desiertos cubiertos de tierra ligera se habían convertido en aceleradores de viento: Eolo había secado la superficie. Su aliento arrastraba las nubes sucias que cubrían el cielo. Este viento ahuyentaba a las aves silvestres. Nuestros antepasados evitaban estas regiones.

Los humanos durante el Dryas Reciente

Durante cientos de miles de años de evolución, los humanos han tenido que enfrentarse a todas las situaciones imaginables en la tierra. La adaptación fue la clave de la supervivencia. Al ponerse de pie, la cabeza del Homo se apoyaba ahora en la columna vertebral, lo cual alivió los músculos del cuello. El cerebro experimentó un desarrollo espectacular. La corteza prefrontal, donde se asientan las habilidades de planificación, se desarrolló aún más, por lo que el volumen de nuestro cráneo se expandió principalmente hacia adelante. Los comportamientos reactivos ya no eran suficientes. Nuestra creatividad superaría la de todos los seres vivos conocidos.

Como en muchas especies, la evolución de los machos y las hembras había sufrido distintas especializaciones. A medida que el lenguaje de los humanos se hizo más preciso, esta capacidad de comunicación transformó estas diferencias en complementariedad. Esto supuso una ventaja importante: el hombre y la mujer eran un equipo. Los vestigios dejados en el Neolítico han mostrado una diferenciación de tareas, pero ambos podían desempeñar los dos papeles. Encontramos mujeres muertas por heridas de caza, así como hombres con herramientas para curtir pieles. El hombre vivía principalmente en la amplitud, debía estar atento a los ruidos y olores, evaluar los riesgos y peligros, posiblemente avanzar en silencio y luego apreciar la trayectoria de su lanza y sincronizarla, en el espacio, con la de un animal en carrera. La mujer trabajaba principalmente en la aldea gestionando varias tareas a la vez: vigilar el fuego, cuidar de los niños, realizar su labor, comunicarse con sus hermanas planificando las tareas y percibir el menor peligro. Esto dio lugar a una considerable variación en la estructura del cerebro de ambos sexos. La inventiva de las parejas humanas se multiplicó porque combinaron dos puntos de vista y dos conjuntos de habilidades para un mismo fin: la supervivencia del grupo.

La composición genética de los grandes simios difiere de la de los humanos en solo un     1.6 %. Esta diferencia asciende al 5 % entre hombres y mujeres. Por lo tanto, el hombre está genéticamente más cerca de un gran simio que de una mujer. La mujer está genéticamente más cerca de un mono hembra en la misma proporción. Los ojos de las mujeres tienen un ángulo de visión veinte grados mayor que los de los hombres; los hombres tienen una mejor visión a distancia, orientada hacia el objetivo. Por supuesto, no se trata de una cuestión de superioridad, sino de complementariedad la cual se iría afianzando a medida que mejorara el lenguaje. La mujer neolítica ya estaba más orientada en el tiempo y la comunicación que el hombre, que estaba más orientado en el espacio y el rendimiento.

Está generalmente aceptado que el cerebro izquierdo (conceptual) está más desarrollado en la mujer y el derecho (racional) en el hombre, pero el propio grosor del cuerpo calloso de la mujer es un factor determinante pues conecta los cuatro lóbulos del cerebro y permite una mayor actividad multitarea. Las mujeres suelen tener más desarrollados los receptores de proximidad: el oído, el olfato, el tacto, ellas han desarrollado sus sentidos. Un cazador debe saber practicar el silencio, habla poco, mientras que las mujeres utilizan el lenguaje entre ellas como una herramienta eficaz. Para que estas diferencias se convirtieran en complementarias entre los dos sexos, el cerebro humano también se había ampliado considerablemente en el lado del lóbulo frontal. Es una zona importante para todas las interacciones sociales. Entre otras cosas, garantiza la capacidad de imaginar los pensamientos de los demás como diferentes a los nuestros.

La pareja macho-hembra tenía, pues, una inteligencia y una comprensión muy superiores a las de todos los mamíferos. Eso fue necesario para adaptarse con éxito al cambio climático del final del Dryas Reciente.

Los natufienses

El territorio de los natufienses habría abarcado Israel, Palestina y el Líbano. Como la mayoría de los sapiens, eran un pueblo de cazadores-recolectores. Cuando el clima se volvió más frío tras el deshielo de los glaciares, sus presas habituales empezaron a escasear. Durante el recalentamiento del 9500 a.C., se convirtieron en agricultores y crearon la civilización más fantástica de su tiempo.

El clima de la zona mediterránea cambió a toda velocidad. En dos generaciones, se pasó de “frío y húmedo” a “caliente y seco”.  Los densos bosques se secaron, al igual que los ríos. Cuando no se morían de sed, los animales emigraban. Los hombres solían cazar mucho a los osos, con una red, en los bosques densos. Eso ya no era una opción. Al final del calentamiento climático se enfrentarían a los antílopes en una tierra seca salpicada de troncos desecados.

Los insectos siempre han sufrido y sufrirán mucho más que los humanos el cambio climático. El final del Dryas Reciente fue una hecatombe. Muchas plantas dejaron de ser polinizadas por sus insectos simbióticos. Aquellas cuya fecundación dependía de los movimientos del viento resistieron mejor. Entre ellas se encontraban las hierbas autofecundadas. Estos ancestros de los cereales crecían en largos tallos secos coronados por unos pocos granos. Eso era comestible y aportaba energía. Las semillas y la harina podían conservarse. Los natufienses lo domesticaron.

En el Mediterráneo oriental, los mamíferos sufrían la falta de agua. Ya no vagaban por la nieve durante los inviernos ni encontraban más arroyos en la estación cálida. Las aves silvestres se agrupaban en torno a los pocos puntos de agua. La caza fue excelente hasta que estas superficies se volvieron excesivamente pastosas y, con la ayuda de la sequía, se convirtieron en desiertos. Los rebaños se desplazaron hacia el norte, cada vez más lejos. Los humanos tuvieron que elegir entre la carne y el agua. Los natufienses eligieron lo segundo. Empezaron por domesticar el paisaje.

Los natufienses vivían en densos bosques durante la glaciación del Dryas Reciente. La recolección era abundante. La única regla era proteger, o incluso replantar, los brotes de cualquier planta valiosa. Se desplazaban regularmente de un vivac a otro, siguiendo los hábitos de sus presas. A medida que la sequía crecía la caza era menos fructífera, por lo que la recolección adquirió mayor importancia en su dieta. Comenzaron a asentarse junto a los puntos de agua que quedaban, las mujeres recogían los brotes interesantes que encontraban en el bosque y los plantaban cerca de las zonas de acampada. La supervivencia dependía de su territorio de caza, así que lo protegían de los intrusos; ahora tenían que proteger los alrededores del punto de agua en el que se habían asentado, inventando así la propiedad de la tierra que reclamaban.

Los densos bosques desaparecieron en dos generaciones. Ya no se podían acercar a las presas a cubierto, y las lanzas tenían un alcance limitado. En todo el mundo se utilizaba el átlatl: una pieza de madera curvada la cual tenía la mitad de longitud que la lanza, que se fijaba en un extremo del arma. Permitía aumentar la potencia de envío. El proyectil alcanzaba los 100 km/h y podía matar animales hasta 100 m. Aun así, este lanzador, el átlatl, daba potencia a costa de la precisión.

Los natufienses empezaron a producir arcos en grandes cantidades. Esta decisión provocó un gran salto tecnológico. Muchos cazadores del Paleolítico utilizaban esta arma, pero cada uno fabricaba la suya, por tanto sus propias flechas. Al dedicar un hombre a la producción de madera (seleccionar, cortar, pulir, reforzar) y otro al corte de las flechas, permitieron la especialización de los artesanos. De ahí siguió la calidad. Y algo mejor, de sus pedernales sacaron una gran roca plana para hacer un marco dedicado a sostener el arco. Permitía que todos los arcos tuvieran la misma longitud y curvatura; con dos cuñas de madera, el arma podía colocarse en posición de baja tensión. Resultaba fácil repararlo o colocarle una nueva cuerda, la cual estaba hecha de finas tiras de tendones de gacela trenzadas. Esta “herramienta de caza” resultó ser muy eficaz: los cazadores disparaban con precisión a los antílopes a cien metros de distancia. Los arcos eran idénticos y, presumiblemente, estaban hechos de la misma madera, por lo que el peso y la forma de los pedernales que formaban las puntas de las flechas debían ser constantes. Por lo tanto, era necesario fabricar la piedra de forma precisa, casi idéntica, lo que suponía formar a los artesanos en las mejores técnicas. El salto cualitativo fue tan crucial que caracteriza la “edad de la piedra astillada”, el inicio del Paleolítico.

Las mujeres natufienses plantaron bosques de pistachos en hileras. En cada hueco natural colocaron una higuera. Incluso las regaban, ya que solo se han encontrado hojas podridas a sus pies, lo que demuestran que aquellos eran lugares continuamente húmedos lo que permitía cosechas récord. La elección de estos dos frutos no debe nada al azar: al secarlos al sol, se conservan de un año a otro y son muy nutritivos.

En pocas generaciones, durante un violento cambio climático, el pueblo natufiense había ideado una forma de protegerse del hambre. Otros descubrimientos les permitirían inventar el primer esbozo de civilización.

Los pastizales cubrían las llanuras. Cuando estaban maduros, las mujeres natufienses salían con sus cestas durante largas jornadas para recoger los granos. Luego tuvieron la idea de sembrarlos cerca de sus hábitats. Estos fueron los primeros campos. Inventaron la hoz, una herramienta equilibrada y eficaz. Descubrieron que la quema de rastrojos enriquecía la tierra, utilizaron el trenzado de fibras para hacer cestas y aprendieron a tallar la piedra para hacer morteros adecuados.

Para adaptar su hábitat al cambio climático se inspiraron en las madrigueras de los animales. Sus casas, más o menos redondas, medían entre tres y cinco metros de diámetro. También servían como lugar de almacenamiento protegido. Por motivos de conservación, debían mantenerse frescas durante la época de calor. Observaron que algunos animales podían guardar granos en sus madrigueras. Excavaban sus casas en el suelo, alcanzando todas ellas una profundidad de 1.40 metros en la arcilla rocosa, donde la temperatura se mantiene más o menos constante durante todo el año. Su construcción requería un esfuerzo considerable, ya que sus herramientas se limitaban a estacas de madera endurecidas al fuego y, como palas, omóplatos de animales. Estos hábitats estaban cubiertos de ramas sostenidas por algunos palos que servían de pilares. Sus casas tenían la silueta de un iglú enterrado en tres cuartas partes. El suelo de estos lugares se mantenía durante todo el año a temperaturas cercanas a los 18°C. Así, su hábitat se mantenía especialmente templado, fuera cual fuera el clima.

Los pueblos fundadores del Neolítico

En los restos de uno de sus poblados se encontró una estatua del tamaño de un puño. Representa a una pareja haciendo el amor. Esta escultura de piedra está cargada de sentimientos más que de erotismo. Los dos cuerpos se entrelazan tiernamente. El hombre y la mujer están frente a frente. Es la primera expresión artística que tuvimos del sentimiento del amor.

En los cementerios los cuerpos estaban profundamente enterrados. Todos estaban tumbados. Su posición siempre evocaba el descanso eterno. Un tercio de las tumbas descubiertas contenían niños de entre cinco y siete años. Las mujeres generalmente morían en el parto. Los natufienses respetaban a sus muertos. Es posible que hayan desarrollado una protorreligión.

Se adaptaron bien al nuevo clima y lo hicieron más rápido que sus vecinos. También inventaron las rutas de caravanas y el comercio.

La sequía había puesto a las comunidades en los puntos de agua. Así que podían viajar de uno al otro para intercambiar bienes. Con el intercambio de sus higos secos y sus arcos obtenían de los anatolios piedras siempre afiladas: las obsidianas. Sus caravanas traían huevos de avestruz del valle del Nilo para utilizarlos como contenedores de harina. También importaban malaquita para sus joyas.

Como recorrían cientos de kilómetros a pie, necesitaban medios de transporte. Entonces se dieron cuenta de que los perros salvajes estaban tan escasos de comida como antes. Algunos se acercaban a sus pueblos para comer los restos despreciados por los humanos. Los natufienses descubrieron que estos animales juraban voluntariamente lealtad a quien los alimentaba. Les dieron tanto cartílago óseo para roer que acabaron domesticando a varios animales. Tenían una calidad auditiva y olfativa muy superior a la de los humanos. Podían sostener el trineo atado a sus hombros y se convirtieron en excelentes compañeros de cacería. En uno de los cementerios se encontró a un hombre enterrado con sus dos cánidos. También hay un joven enterrado con su cachorro en brazos. Lazos emocionales se formaron entre los natufienses y sus perros, las primeras mascotas.

El cambio climático de finales del Dryas Reciente había provocado un profundo cambio en la cultura de los natufienses. Su pueblo se había enfrentado a un cambio climático especialmente brutal. En apenas dos generaciones su modo de vida había dado un vuelco. Al inventar la producción en masa y el comercio, conocieron a otros pueblos y el intercambio de conocimientos se hizo sistemático. La artesanía comenzó su edad dorada.

La adaptación del modo de vida natufiense

Durante el Dryas Reciente, estos cazadores-recolectores se habían adaptado al frío. Sabían utilizar las pieles de sus presas para protegerse de las temperaturas. Vivían en uno de los bosques más ricos del mundo, el robledal mediterráneo. Cruzaban ríos que fluían hacia el oeste por todas partes. Los cazadores traían todo tipo de carne: ciervos, gamos, cerdos salvajes o, el supremo manjar: el oso. Utilizaban principalmente redes de caza para inmovilizar a sus presas y matarlas con lanzas de madera. Atrapaban las presas pequeñas en trampas. Por ello habían aprendido a fabricar cuerdas de calidad. Las mujeres natufienses recogían bellotas y guisantes. Habían aprendido a machacarlos con mortero. Los cocinaban en el fuego, sobre piedras planas. Los tubérculos que encontraban los cocinaban en las brasas. No faltaban frutos en estos bosques.

Llegó la ola de calor. En cinco años, la temperatura media mundial había aumentado 7°C. Sin embargo, como las temperaturas en la zona intertropical habían sido más bajas, el este del Mediterráneo debió experimentar aumentos de más de 10°C. Dejó de llover, o casi: ¡el volumen de lluvia se dividió entre tres! Aparte de las liebres y los animales de sangre fría, las presas se desplazaron hacia el norte por su confortable temperatura e higrometría.

En todo el mundo había necesariamente zonas escasamente pobladas, pero ese no era el caso del bosque mediterráneo de Levante. Era tan rico en frutos y animales que la densidad humana era alta. Un grupo de cazadores-recolectores necesitaba entre 300 y 500 km2 para vivir allí. Afortunadamente, la mayoría de los que cazaban en el interior intentaron mantener su modo de vida: siguieron a las presas hacia el norte. Entonces la región se despobló. Esta fue la gran suerte de los natufienses. Cada grupo del clan pudo explotar un territorio de más de 2000 km2.

La adaptación disruptiva del modo de vida natufiense

Hasta entonces, la prioridad de la mayoría de los humanos era la caza, los natufienses habían decidido permanecer cerca del agua. Tenían que esperar que el clima se recuperara y que las presas volvieran. Nada de esto ocurrió. En cinco años, muchos manantiales y arroyos habían desaparecido. La vegetación baja del bosque empezaba a marchitarse en el suelo. Los animales habían desaparecido. Los frutos empezaban a agotarse. Todos los conocimientos los habían recibido de sus padres, pero estos ya no eran válidos: las circunstancias se estaban volviendo demasiado diferentes...

Entonces, la segunda subida de la temperatura completó lo que la primera había empezado. El aire de la región de Levante se calentó unos diez grados. Durante el día, cuando esperaban una temperatura de 25°C, ¡en realidad obtenían 35°C! Los natufienses empezaron a tener miedo: los rebaños se iban, no tenían posibilidad de alcanzarlos. El bosque, del que obtenían toda su subsistencia, estaba muriendo a toda velocidad. A pesar de sus esfuerzos, el hambre les acechaba.

Sabían cómo cazar osos, el oso había huido y, en general, no quedaban animales para atrapar en sus grandes redes. Pero apareció una nueva presa, muy feroz: las gacelas. Podían oler u oír a los cazadores desde muy lejos. No había oportunidad de disparar a una corriendo tras ella utilizando la estrategia habitual. Su única posibilidad era vigilar a sus presas, acecharlas cerca de los últimos abrevaderos que quedaban. Allí se concentraban cazadores de diferentes grupos familiares. Acabaron conviviendo con sus familias. Cuando los días sin carne se multiplicaron, se reunieron y se obligaron a ayudarse mutuamente. Buscaban soluciones juntos. La caza en red ya no era una opción. Tuvieron que innovar. A medida que la sequía se instalaba y el bosque se despejaba, las mujeres natufienses habían notado que los granos silvestres crecían cada vez más. Ciertamente tenían que recorrer enormes distancias con sus piedras de corte y su cesta, pero salvaban a su pueblo de la inanición. Habían cambiado su dieta.

Como los grupos familiares vivían ahora juntos alrededor de los últimos pozos de agua, empezaron a construir duros refugios, uno al lado del otro. Cambiaron su forma de vida inventando la aldea. Podían comparar las habilidades de cada uno y elegir una nueva organización en la que se favorecía la excelencia en cualquier tarea. Esta especialización de los dones individuales dio lugar a la aparición de un nuevo papel: el artesano.

El reparto de tareas entre los artesanos permitió mejorar la calidad y la estandarización de las herramientas. Se descartaron las redes y las lanzas de madera por arcos y flechas mejorados.

Con estas “nuevas” armas, los natufienses podían cazar manadas de gacelas, caballos y antílopes. El suministro de carne ya no sería una preocupación. Las mujeres natufienses sembraban alrededor de sus aldeas, domesticando así los cereales y algunas hortalizas. Una vez que sus plantaciones de pistachos e higueras alcanzaran el máximo rendimiento, volvería a reinar la opulencia alimentaria. Esto permitió el crecimiento de la artesanía, ya que se necesitaban menos personas para proporcionar alimentos.

Los natufienses aceptaron desechar sus antiguas costumbres para adaptarse a las nuevas condiciones. Se propusieron mejorar lo que tenían invirtiendo en innovación. Los mejores artesanos se dedicaron a su oficio. La industria del sílex alcanzó una calidad excepcional para la época y el trabajo cada vez más preciso de los huesos permitió producir herramientas de alto rendimiento. Se importaban morteros de basalto de 100 kg que se transportaban desde los Altos del Golán. Las conchas traídas se utilizaban para fabricar agujas para anzuelos. Algunas puntas de flecha de sílex fueron lacadas para hacerlas más silenciosas. Utilizaban de todo, desde gacelas hasta rocío de la mañana. Fabricaban redes de pesca, joyas y herramientas. Las piedras talladas se utilizaban para ajustar los arcos que tenían más o menos el mismo tamaño y curvatura. Así las flechas eran similares y sus puntas tenían el mismo peso. No solo crearon una herramienta, sino que la produjeron en cantidad, de forma idéntica, buscando duplicar las mejores prácticas. Iban hacia una mayor precisión, intentando mejorar constantemente cada gesto, cada objeto. Cada artesano se especializaba en una parte del conjunto. Se volvieron industriosos.

Los natufienses casi se habían muerto de hambre. Se habían visto limitados por el cambio climático. No tuvieron más remedio que cuestionar su forma de vida ancestral y pusieron toda su energía en adaptarse a la nueva situación. En cuanto se vieron protegidos del hambre, su inventiva reveló su poder. Cambiaron su estilo de vida en menos de cincuenta años y vivieron más felices que antes.

En general, se considera que los natufienses son la primera civilización. Marcan el paso de los hombres en el Neolítico. Sin embargo, el mismo desplazamiento del monzón hacia el sur, al final del Dryas Reciente, permitió la aparición de otras dos civilizaciones al otro lado del mundo. Estas eligieron exactamente la misma solución para protegerse del hambre: domesticar las plantas. Los natufienses seleccionaron árboles frutales, los mexicanos del Río Balsas comenzaron a hibridar verduras y arbustos, los chinos del valle del Yangtsé injertaron árboles para obtener grandes frutos nutritivos.

El mismo patrón se ha encontrado a lo largo de la historia. Cualquier cambio drástico en la temperatura, o en los patrones de lluvia, cambia la forma de vida de los seres humanos. Las soluciones varían según el impacto ambiental y el filtro cultural. Cada vez surge una nueva civilización dominante.

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El Holoceno es una era geológica que sigue al Pleistoceno (de 2500 a 10000 años antes de Cristo) y precede al actual Antropoceno (desde el año 2000), mientras que el Neolítico es una era civilizatoria que sigue al Mesolítico y al Paleolítico. El Calcolítico, o “Edad del Cobre”, depende de la fecha de difusión del cobre en cada zona. Corresponde al final del Neolítico y le sigue la Edad del Bronce y luego la Edad del Hierro. La mayoría de las regiones del mundo pasaron directamente a la Edad del Bronce sin haber conocido una Edad del Cobre.

R.B. Firestone publicó en el 2007 un estudio que atribuía el final del Dryas Reciente a un asteroide de 4.6 km de diámetro originado fuera del sistema solar. El impacto principal habría creado el lago Michigan y posiblemente otros grandes lagos. Esto todavía se considera una hipótesis.

La creación de las bahías de Carolina no ha podido ser datada. Todas estas depresiones están orientadas, lo que demuestra que fueron creadas por el impacto en tierra de objetos procedentes del noreste del Atlántico. La mayoría se encuentran en América del Norte (sobre todo en el estado de Carolina), pero se han visto hasta en Bélgica. Desde entonces, los glaciares han planeado todas estas regiones, borrando la mayoría de estos rastros. Lo único cierto es que estos objetos extraterrestres no eran de piedra sino de hielo.

El término Neolítico significa “piedra nueva”. Esta época es, por tanto, la de las piedras talladas con mucha más precisión. Suele denominarse “edad de la piedra pulida”, pero sería más preciso llamarla “edad de la industria del sílex”.

Al estar próximos ambos trastornos, un error común es pensar que “la nueva piedra” fue la inventada por el hombre: la terracota. La terracota es el primer gran invento del Neolítico. Permite conservar los granos y los líquidos. Permite la cocción en agua a fuego lento, que conserva más nutrientes activos que la cocción en piedra o a la brasa. El uso de la terracota para cocinar mejora considerablemente la cantidad de eficiencia nutricional respecto de la energía necesaria para recoger los alimentos. En general, se considera que el descubrimiento (y la difusión) de la terracota generó una mejora tal en la eficiencia de la digestión de los alimentos (la ebullición rompe la mayor parte de las moléculas de cadena larga) que permitió a los hombres jóvenes especializarse en tareas distintas de la búsqueda de alimentos y, por tanto, soportar la opulencia necesaria para pasar a la Edad del Bronce.

La desaparición del tigre dientes de sable de las latitudes templadas, durante el Dryas Reciente fue una bendición para los humanos. Era su depredador natural. De repente, los hábitats ligeros presentaban mucho menos peligro.

Los arqueólogos que excavaron las aldeas natufienses han enumerado pozos dentro de las casas. Al parecer había uno por pueblo, excavado en el suelo de una de las grandes “casas”. Uno de estos científicos se sintió conmovido por estas pobres gentes, que habían hecho considerables esfuerzos para cavar, en el suelo (a -1.40 m) pozos de 3 a 4 metros de profundidad y un metro de diámetro que, es seguro, siempre han estado perfectamente secos. Este arqueólogo no había previsto la termicidad del lugar: no eran pozos sino enfriadores. Almacenaban el aire más fresco de la noche y, por estratificación, su fondo se mantenía fresco durante el día siguiente. Las carnes podían almacenarse allí incluso cuando las temperaturas de los días de verano alcanzaban los 40 °C. Se trataba, pues, de espacios de almacenamiento, constantemente frescos, en los que se guardaban las reservas de proteínas.

Para construir sus casas, los natufienses tenían que excavar una tierra dura compuesta de arcilla que encerraba piedras duras, a una profundidad de 1.40 metros. Estamos seguros de saber cómo lo hacían. Se cree que cada noche trasladaban su fuego comunitario ligeramente por encima de lo que iba a ser la siguiente casa. Bajo las brasas, el calor del hogar secaba la arcilla, que se agrietaba y liberaba las piedras. Por la mañana, bastaba una estaca para aflojar las piedras y ensanchar las grietas. Esta explicación implica, sin embargo, que al cabo de unos cientos de días, el fuego, al estar a 1.40 metros más bajo que el suelo, debió arder poco y, sobre todo, dada la inventiva de los natufienses, uno se asombra de que para observar la relación entre el fuego y la arcilla no hayan descubierto finalmente la terracota.

En la cueva de Nanjing (China), las estalactitas muestran la intensidad de los monzones en los últimos 220000 años. De todos, el periodo más pobre en precipitaciones fue el correspondiente al calentamiento que siguió al Dryas Reciente.

El periodo en el que los monzones de invierno fueron más severos está fechado entre el 780 y el 900 d.C. El frío y la lluvia pudrieron las cosechas y marcaron el fin de la civilización Tang (en China). Por el contrario, vino acompañado de climas más suaves (más cálidos y menos húmedos) en el oeste y el sur de Europa: el auge de las civilizaciones andalusí y vikinga, la creatividad de la Edad Media. Y dio lugar a una sequía sin precedentes en Mesoamérica (incluyendo tres años sin una gota de lluvia): las principales ciudades mayas se vaciaron, sus pozos se secaron.

Los natufianos habían domesticado a los perros hacia el año 9500 a.C. Las cabras fueron domesticadas en Anatolia alrededor de la misma época, aunque probablemente un siglo después. Las cabras y las ovejas se domesticaron a mayor escala en oriente Próximo, ya en el noveno milenio. Las ovejas procedían del borrego cimarrón de Asia Menor, que a su vez procedía del muflón.

El muflón, un animal tan poderoso, debió de ser difícil de domesticar. Proporcionaba una mercancía renovable perfecta: la leche. Los hombres neolíticos mostraron, por tanto, una gran constancia. A medida que avanzaba su cautiverio, se observó que el tamaño y la anchura de los hombros del ganado disminuían. Los primeros intentos de cría documentados tuvieron lugar en Siria en el noveno milenio antes de Cristo. Los del cebú, en la India, datan del séptimo milenio y los del búfalo asiático serían del quinto milenio antes de Cristo. La genética ha demostrado que el 80 % del ganado actual procede de un único rebaño de 80 uros iraníes. Se cree que al haber sufrido esta región una sequía de varios siglos, los animales varados en un valle cerrado se habrían adaptado a la falta de agua disminuyendo su tamaño. El uro era demasiado poderoso y poco manejable para ser domesticado (Journal of Molecular Biology and Evolution, 2012), era incluso más grande que el bisonte. Hay que tener en cuenta que la genética aún no ha encontrado la mutación (que habría sido resultado de la epigenética) que explicaría el paso del uro al ganado.

En 11400 a.C. se produjo la última gran glaciación del Cuaternario: el Dryas Reciente. Esta glaciación terminó alrededor del 10000 a.C. con un calentamiento increíblemente rápido. Alrededor del 50 % de los mamíferos de más de 40 kg (incluido el ser humano) habían desaparecido, no habían resistido la brutalidad de este cambio climático.

En el 10000 a.C., la población humana era de entre tres y cinco millones de seres. En el 5000 a.C., era de unos veinte millones de personas. Un crecimiento impresionante atribuido a la sedentarización, por tanto a la higiene, y por tanto a la supervivencia de más infantes.

Varios indicios nos llevan a pensar que la cultura natufiense era un matriarcado.

Se descubrió que las primeras cepas de tuberculosis comenzaron a extenderse a medida que se afianzaban las rutas comerciales. Cuanto más avanza la neolitización, más rastros de tuberculosis se encuentran en los esqueletos (Líbano, Siria, Irán) y más se propagan las enfermedades parasitarias. Se trata de casos puntuales; no se han encontrado pruebas de una epidemia.

El calentamiento cataclísmico que siguió al final del Dryas Reciente también derritió grandes cantidades de glaciares que había en la superficie terrestre. El nivel de los océanos subió dieciséis metros, a razón de 40 mm por año, inundando todas las llanuras costeras del planeta. El Mississippi provocó una enorme inundación en el año 9650 a.C. Esta subida de las aguas se denomina comúnmente “Meltwater Pulse 1B”, que podría traducirse como “el impulso del agua del deshielo 1B”. Obsérvese que esta fecha la encontramos en Platón; según él, los sumos sacerdotes egipcios habrían dicho a Solón que el Diluvio que causó la destrucción de la Atlántida se remontaba a 9000 años, pero el viaje de Solón en Egipto databa del 600 a.C.


El evento del kiloaño 8.2

Los núcleos de hielo extraídos de ambos polos de la tierra nos ayudan a comprender los cambios de temperatura a lo largo de 400000 años. Vemos una sucesión de glaciaciones más o menos violentas intercaladas con interglaciares que rara vez superan los 3000 años, y luego, desde el 10000 a.C.: 12000 años sin una edad de hielo.

Los gráficos que dibujan las variaciones de la temperatura a lo largo del tiempo merecen todas las demostraciones: nuestros antepasados vivieron un período difícil durante el Paleolítico, la curva da grandes saltos, repetidos y brutales, hacia arriba o hacia abajo. Pero cuando observamos su parte más reciente, el Holoceno, vemos con sorpresa variaciones más ajustadas y mucho más cortas, como si se tratara de un improbable periodo interglaciar largo y estable en el que la amplitud de las temperaturas medias máximas nunca supera los 6 °C.

Esta gran estabilidad presenta una llamativa excepción: una fina línea que desciende y asciende bruscamente. Generalmente se la conoce por su abreviatura en inglés: “the 8.2 KY event” (el evento del kiloaño 8.2), “el evento que ocurrió hace 8200 años”. Es particularmente claro en los sondeos de Groenlandia, pero apenas observable en los de la Antártida. Esta anomalía climática fue innegablemente espectacular.

El origen del evento del kiloaño 8.2 se asemeja al del Dryas Reciente

La tierra vivía un periodo cálido, llamado acertadamente “deglaciación”: los grandes glaciares se estaban derritiendo. En el norte del continente americano, que cubre todo el actual Canadá, se estaba formando la capa de hielo de Laurentino, uno de los glaciares más gruesos de la época. Tres grandes cúpulas de hielo fluían hacia el sur para formar, en la superficie, los lagos Agassiz y Ojibway.

Estos dos gigantescos lagos tenían una superficie combinada de 1.5 millones de km2 y una profundidad media de 210 m. Atravesaban tres ríos: el Mississippi al sur, el San Lorenzo al este y, principalmente, la cuenca del Mackenzie en el noreste de Canadá. En el río San Lorenzo, la sedimentación era de unos 3.3 cm al año. De repente, hace 8200 años, ¡se dividió entre 20! La Cúpula de Hudson acababa de colapsar. Un asteroide habría golpeado la tierra a través de este glaciar, cavando un cráter gigantesco, tan grande como Francia, Alemania y los países del Benelux juntos: la Bahía de Hudson.

Entonces, a través de lo que ahora se conoce como el estrecho de Hudson, 160 billones de toneladas de agua dulce fluyeron hacia el mar del Labrador. Esta enorme cantidad de agua helada se vertió en el lago en solo sesenta años. El caudal a la salida del lago llegó a ser cuatro veces mayor que el de todos los ríos del mundo juntos. La corriente del Labrador se detuvo en seco. Los océanos se elevaron desde 1.2 metros en el delta del Mississippi, hasta cuatro metros en la desembocadura del Rin, en Alemania.

La impresionante acumulación de agua no salada y helada impidió que la circulación termohalina se adentrara en las profundidades marinas del suroeste de Groenlandia. Afortunadamente, la zona de inmersión de las aguas, por la que comienza la circulación termohalina, se desplazó hacia el este de Groenlandia, lo que nos salvó de una nueva edad de hielo.

Aunque en 180 años las temperaturas bajaron 1.7 ºC en Ammersee (Alemania), o 2.5 ºC en la cuenca del lago de Annecy, en los Alpes franceses, en promedio, Europa solo se enfrió un grado centígrado.

Todo el Océano Atlántico Norte se enfriaba considerablemente, sobre todo en el Atlántico Norte oriental. En Groenlandia, el descenso de la temperatura fue inicialmente de 6 °C antes de estabilizarse en torno a los -3.3°C durante dos siglos. Los glaciares austriacos y noruegos avanzaron. La masa de aire frío fue tal que la trayectoria de los monzones se desplazó unos 1000 km hacia el sur. Se produjo un aumento repentino de las precipitaciones en América, pero sobre todo en Europa: hasta 130 mm de precipitaciones anuales adicionales en Annecy (Francia). Por otro lado, Mesopotamia, el África subtropical y especialmente el Sáhara se vieron afectados por una intensa sequía que duró 250 años. El monzón disminuyó considerablemente en China, pero resultó muy rico en precipitaciones en Brasil e Indonesia.

Aunque de gran violencia, este accidente climático tuvo finalmente consecuencias infinitamente menores que las del Dryas Reciente. ¿Por qué? Porque la circulación termohalina no se detuvo.

Los núcleos de hielo nos proporcionan dos pistas: la temperatura y la composición del aire atrapado en burbujas de hielo. A lo largo de los últimos 400000 años, ha sido una constante que a cada subida de temperatura le siga, aproximadamente 800 años después, un calentamiento de los océanos y un aumento del CO2 en el aire.

Una gota de agua salada que se sumerge en el fondo del océano, al sur de Groenlandia, tarda unos 800 años en recorrer todo el circuito de la circulación termohalina antes de encontrar su punto de partida. Si está más fría, se sumergirá un poco más y se encontrará 800 años después en su punto de partida.

Sin embargo, 800 años antes del evento del kiloaño 8.2 vivíamos en un periodo muy cálido: unos 3 °C más que hoy. Así, la masa caliente acumulada en las corrientes oceánicas se opuso al espectacular enfriamiento del mar del Labrador, impidiendo de nuevo que volviéramos a entrar en el enfriamiento global.

Empero, el enfriamiento de las masas de aire afectó a todo el hemisferio norte, e incluso, en menor medida, a los mares cerrados, como el Mediterráneo. El nivel de sus aguas subió más de un metro, especialmente en la parte turca. Las temperaturas invernales en sus costas descendieron casi 4 ºC y los veranos, muy lluviosos, inundaron los campos. Los registros de polen, otra pista de la naturaleza, en el sur de Europa revelan inundaciones catastróficas en el sur de Europa, que se repitieron con frecuencia durante casi dos siglos. Estas intensas lluvias asentaron la hambruna de los pueblos neolíticos. Los grandes pueblos de las costas mediterráneas se vaciaron, sus habitantes abandonaron sus campos para huir hacia el interior, llevando consigo la esperanza y el conocimiento. En Francia no se ha encontrado rastro de ningún yacimiento mesolítico al sur de Montelimar, como si toda la Riviera hubiera sido desolada por los fríos inviernos y las lluvias estivales. Las islas de Córcega y Cerdeña se despoblaron, al igual que Andalucía y la costa oriental española. En la costa mediterránea, los campesinos habían emigrado, abandonando todo con la esperanza de que, tal vez, más lejos, crecieran las plantas. Algunos de estos exiliados climáticos, procedentes del Líbano y de Siria, iban a crear nuevas civilizaciones a lo largo del río Danubio, hacia Europa Central.

¿Cómo es que el impacto de las aguas crecientes duró casi dos siglos mientras que el flujo de los lagos glaciares duró solo sesenta años? Es porque las mareas agravaron el impacto del evento del kiloaño 8.2. A continuación, los ciclos de Milankovitch amplificaron el fenómeno. Por un error de sincronización, el flujo abrupto de agua congelada de los lagos glaciares de Canadá se produjo sesenta años antes del pico del ciclo de 1800 años, cuando, debido a la posición de nuestro planeta en el sistema solar, se producen las mareas más potentes. Tanto es así que durante doscientos años, enormes mareas invernales, de tres a nueve metros más altas de lo normal, inundaron las costas, debido a “la excentricidad de la tierra, la oblicuidad de su rotación y la precesión de los equinoccios”. En cada “gran marea de equinoccio” durante dos siglos, el agua salada invadió las zonas costeras y las ahogó en inundaciones catastróficas. En esos mismos años, los veranos sufrían lluvias torrenciales en el norte del Mediterráneo. Cada uno de estos factores contribuyó al enfriamiento de las temperaturas locales. Sobre todo, el agua del mar, dos veces al año, echó por tierra siglos de esfuerzos por establecer la agricultura y la ganadería en estas regiones. Los cercados y los silos fueron arrancados, los canales y los caminos borrados, los pueblos arrasados y las tierras esterilizadas por la sal.

Tenemos una idea clara del impacto del evento del kiloaño 8.2 en la ganadería. Por un lado, hay que tener en cuenta que los criadores neolíticos probablemente intentaron llevar sus rebaños en sus migraciones fuera de las costas mediterráneas, mientras que, por otro lado, como la agricultura producía poco, seguramente sacrificaron más animales para alimentarse. Al final, sin embargo, el descenso de metano en la atmósfera fue del 15 %. Por tanto, la matanza de los rebaños fue grave.

El estudio de los isótopos de oxígeno en las estalagmitas de Francia, China y Brasil, muestra que el enfriamiento y el desplazamiento del régimen monzónico duró de 8200 a 8086 años antes de hoy, sea cual sea la región del globo, con un período extremadamente violento hasta 8140.

A continuación, las temperaturas aumentaron muy rápidamente. Al final del calentamiento volvió a ser significativamente más cálido que el tiempo actual, e incluso más cálido que antes del evento del kiloaño 8.2. Así lo demuestra el estudio del glaciar del monte Miné, en los Alpes suizos: era más corto que el actual, luego experimentó un repentino avance de 8200 a 8175 años, seguido de un avance más lento y un rápido retroceso de 8100 años antes de la actualidad.

Una migración climática decisiva

Como la circulación termohalina no se detuvo del todo, la corriente del Golfo siguió calentándose al sol del Caribe y pudo contrarrestar el frío excesivo del Atlántico Norte. Gracias a este proceso, el evento del kiloaño 8.2 fue un acontecimiento corto y violento, pero no un cataclismo global, a lo sumo un impresionante accidente climático. Afectó fuertemente a las costas del Atlántico Norte -y más significativamente a un mar que no tiene corriente oceánica: el mar Mediterráneo- pero no tuvo consecuencias devastadoras duraderas para nuestra especie. En efecto, los habitantes de la costa oriental del Mediterráneo hicieron lo que siempre habían hecho sus predecesores sapiens o neandertales cuando el clima hacía inhabitable su entorno: emigrar con mujeres y niños. Estos exiliados climáticos eran tan numerosos que fueron considerados como un pueblo: los “asiáticos”. La genética demuestra que descendían de los natufienses (Israel) y los mureybetianos (Siria). Por ascendencia y experiencia, se encontraban entre los mejores cultivadores de la época. Hace 8200 años, los mureybetianos destacaban en el drenaje de pantanos y en la construcción de sistemas de riego; solían construir casas ortogonales con piedras angulares unidas con cal, también mejoraron las flechas natufienses dándoles una muesca redondeada para la cuerda y puntas con tallos planos y cortos. Cultivaban trigo amiláceo, cebada, lentejas y judías. Vivían bien en sus tierras de Siria y nunca habrían emigrado si no se hubieran visto obligados a hacerlo por las inundaciones.

Se alejaron del Mediterráneo, hacia el este, en dirección a Irak, pasaron al norte del entonces Golfo Pérsico, y fueron detenidos por el obstáculo insuperable de los montes Zagros. Estas tierras estaban ocupadas por un pueblo pastoril de origen iraní que intentaba fundir piedras en el fuego. Recorrieron el pie de esa montaña, para atravesar lo que sería Mesopotamia. Pasaron entre el mar Negro y el mar Caspio y vagaron hasta encontrar una tierra libre, que les convenía. Se establecieron en torno al Danubio. A lo largo de su viaje, los asiáticos propagaron sin duda su cultura, ya que eran los mejores cultivadores de su época y dirigían sus rebaños. Una vez colonizadas las llanuras del Danubio, los asiáticos cultivaron también trigo desnudo y criaron algunos bueyes, además de sus cabras y ovejas. En todas las tierras atravesadas durante este viaje, una gran parte de la población de cazadores-recolectores se convirtió a la agricultura-ganadería y desarrolló la artesanía.

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Más información - El evento del kiloaño 8.2

El nombre “mureybetiano” procede de las investigaciones arqueológicas realizadas bajo el pueblo de Mureybet, en el Éufrates, que se excavó antes de que la zona fuera inundada por el agua de la presa de Assad. El genoma de los mureybetanos, así como el hecho de que estaban afectados por la misma subespecie de parásitos (Taenia madoquae) demuestra que son descendientes de los natufianos. En cuanto a ellos, los arqueólogos están convencidos de que estaban gobernados por mujeres.

Los mureybetianos brillaron especialmente desde el 9500 a.C. hasta el 6200 a.C., en Siria. Construían edificios redondos, parcialmente enterrados, con techos muy gruesos de paja de hierba que aislaban especialmente bien de la irradiación solar. Las temperaturas interiores debían ser templadas, ya que se trataba principalmente de espacios de almacenamiento en los que los bancos permitían dormir a sus habitantes. En los suelos arenosos de los oasis abandonaron la construcción de piedra por una estructura de madera (y ladrillos de adobe) que seguía llevando estas gruesas capas de paja (50 cm y más). Cuanto más se desarrollaba la artesanía, más se habitaban los espacios interiores y se encalaban las paredes (para evitar los insectos rastreros).

Desde el punto de vista arquitectónico, este periodo (llamado “horizonte PPNA”) se caracteriza por la construcción de los primeros proyectos colectivos. A medida que los mureybetianos evolucionan (hasta el final del “horizonte PPNB”), las aldeas crecen en tamaño y estas viviendas colectivas se multiplicarán: hay cocinas comunes, silos centrales, hornos centrales destinados a toda la aldea e incluso salas de reunión comunes (que quizás tenían fines sociales o religiosos). Las construcciones empezaron a tener ángulos rectos (en piedras unidas con cal), luego pasaron a ser rectangulares con paredes en cruz. Los muertos eran enterrados bajo las casas. Sus utensilios también evolucionaron. Se encontraron herramientas de piedra cada vez más ajustadas a las astas de los ciervos, sofisticadas escobas, ganchos, numerosos recipientes, morteros de piedra volcánica, cuchillos de hueso y ganchos de pico con bordes de obsidiana. Importaron astas pulidas de los montes Tauro, así como agujas de cobre que probablemente procedían de Irán... Primeros cazadores de antílopes y uros, sus puntas de flecha de piedra (tipo El-Khiam), ya talladas para ser fijadas, se hicieron más delgadas y silenciosas (tipo Helouan). Se cree que los mureybetianos inventaron la primera agricultura verdadera y sembraron campos cultivados. Sus esposas llevaban collares de piedras de colores. A orillas del lago Van, la migración de los natufienses y los mureybetianos (asiáticos) cruzó el territorio de los mlecchas, el pueblo de la obsidiana. Los mlecchas copiarán el estilo de vida de los asianiques. Tras su paso, criaron cabras y ovejas y comenzaron a utilizar la cal y el adobe en sus construcciones.

Los primeros cereales de tallo largo encontrados en China datan del 7900 a.C., sus culturas se habrían extendido por el Yangtsé justo después del desplazamiento de los monzones debido al enfriamiento del evento del kiloaño 8.2. Los chinos ya criaban cerdos salvajes. En el 7000 a.C., los chinos de las orillas del Yangtsé ya habían domesticado el arroz (2000 años antes que Japón y 4000 años antes que la India).

La circulación termohalina (de thermo = temperatura y halin = sal) está formada por la secuencia de las grandes corrientes oceánicas del globo. Su circulación permanente se genera por las diferencias de densidad del agua de mar. El agua de mar es más pesada para un mismo volumen si está fría y si está cargada de sal.

El agua es más fría cerca de los polos y cerca de Groenlandia, donde las aguas frías resultantes de la corriente del Golfo (que se han evaporado a través del Caribe) son más saladas. Por tanto, es en esta región donde comienza la circulación termohalina. El agua se sumerge en ella y atraviesa el océano verticalmente hasta alcanzar el nivel de equilibrio de densidad con las aguas circundantes en el fondo.

La circulación termohalina comienza (y termina) frente a la costa de Groenlandia: primero corriente fría profunda: una línea vertical norte-sur, luego una línea horizontal oeste-este a lo largo de la Antártida, un amplio bucle en el océano Índico (donde sube a la superficie y se calienta con el sol tropical) y un enorme bucle en el Pacífico (ídem). Se convierte en una corriente superficial cálida que dibuja una gran “Z” en el Atlántico desde el Cabo de Buena Esperanza hasta el Caribe y Bretaña, luego una corta línea recta hacia el norte donde se enfría considerablemente y llega al sur de Groenlandia... y todo vuelve a empezar.

Si las temperaturas climáticas son bajas (las temperaturas medias sobre la tierra se acercan a los 16 ºC), las temperaturas de esta agua salada polar serán de alrededor de -2 ºC. Se sumerge al este de Groenlandia hasta 3800 m, en la pendiente de la tierra que bordea el Estrecho de Dinamarca o el Mar de Noruega, como una gigantesca catarata de agua densa, a través de aguas superficiales menos saladas y más cálidas (por lo tanto más dilatadas). Por tanto, se proyecta hacia el este por la pendiente del talud continental submarino, es decir, hacia Islandia y el sur de Groenlandia. La potencia de este río de agua salada es tal que forma una poderosa corriente: la corriente del Labrador.

Si las temperaturas del clima son elevadas (las temperaturas medias en tierra se acercan a los 20 °C), las temperaturas de esta agua salada polar apenas serán negativas. Se sumerge más al norte del mar de Noruega en la cuenca de Groenlandia, donde recibirá algunas aguas heladas adicionales del Ártico. Se sumerge al noreste de Groenlandia hasta una profundidad de 2500 m y es impulsada por la forma de la pendiente del terreno que bordea las islas de Svalbard, a lo largo de la costa oriental de Groenlandia, bajo la corriente de Groenlandia. La corriente del Labrador parte de más lejos, pero también forma la corriente del Labrador.

El flujo sigue el talud continental de las costas de América del Norte (corriente profunda del Labrador) por las llanuras abisales de Hatteras y Nares (pasa muy por debajo de la corriente del Golfo), luego continúa por la llanura abisal de Ceará antes de alcanzar la vertiente brasileña hacia el cabo de San Roque y continuar su recorrido, hacia el sur, por la llanura abisal de Pernambuco hasta unirse a la circulación circumpolar antártica en el mar de Weddell. Estas aguas muy frías y saladas (más de 3.5 g/l) se dirigen entonces, todavía en la gran llanura abisal, hacia el este y el sur de Nueva Zelanda pero, después del cabo de Buena Esperanza, se dividen en dos ramas: la primera sube por el este de Madagascar hacia el océano Índico mientras sube hacia la superficie, al tiempo que se calienta, gira en el sentido de las agujas del reloj y recorre el golfo de Bengala antes de volver al cabo de Buena Esperanza, pero entonces se convirtió en una corriente cálida de superficie; la segunda rama pasa por el sur de Nueva Zelanda y atraviesa el Pacífico occidental evitando las islas Hawái, mientras sube hacia la superficie y se calienta. También se ha convertido en una corriente cálida de superficie que pasa al norte de Australia y se une a la primera rama al este del Cabo de Buena Esperanza en el océano Índico. Las dos corrientes cálidas de superficie pasan por encima de la primera rama de la corriente fría profunda y bordean el cabo de Buena Esperanza, desde donde cruzan el Atlántico sur, en diagonal, y se unen al Caribe. Allí se calientan, cruzan el sur del Atlántico Norte, de nuevo en diagonal, y bañan el sur de Europa Occidental (Bretaña, Gran Bretaña) antes de llegar al mar de Noruega y reiniciar su viaje. Esto es la circulación termohalina. Un río oceánico continuo cuya alta densidad de sal le permite transportar el equivalente a cuatro veces el caudal acumulado de todos los ríos del mundo a través de todos los océanos del globo. A una velocidad media de alrededor de un milímetro por segundo, su caudal de 68 billones de toneladas de agua por hora enfría los océanos tropicales y el este de Estados Unidos. Calienta el oeste de Europa y el oeste de Sudamérica. Esta circulación es esencial para nuestro clima.

En Storegga, en el mar de Noruega, se produjo un enorme corrimiento de tierras hace unos 8200 años (la datación por carbono 14 no puede ser precisa en este momento). Algunos científicos creen que el desprendimiento submarino fue provocado en última instancia por la onda expansiva del impacto del asteroide en la Cúpula de Hudson que desencadenó el evento del kiloaño 8.2. Dos plataformas continentales se derrumbaron sucesivamente y se vertieron hacia el abismo, desde el sureste hasta el noroeste. En la superficie, la primera desencadenó el tsunami más potente de la historia. En el fondo del océano, 7 billones de toneladas (3500 km3) de tierra, guijarros y arena se derrumbaron en la ladera, creando un corredor de escombros submarino de 300 km de ancho y 800 km de largo. Se calculó que la ola del tsunami tenía 21 metros de altura y un oleaje de 126 km/h. En Escocia ha dejado huellas hasta 80 km tierra adentro. Todas las costas del mar del Norte quedaron devastadas y la población habría sido aniquilada en las Islas Feroe y Doggerland (la vasta llanura que, en aquella época, unía el Reino Unido, Francia, Holanda y Dinamarca). El posterior depósito de arena tiene 72 cm de altura en la costa oriental de Groenlandia. Por lo tanto, el flujo submarino de lodo barrió el sur de la zona donde se sumergió el agua que inició la circulación termohalina.

Por lo tanto, durante el evento del kiloaño 8.2, el oeste de Groenlandia fue laminado por la gigantesca corriente de agua dulce no salada procedente del flujo de los lagos glaciares, mientras que el fondo oceánico del sur de Groenlandia recibió una enorme avalancha de arena y rocas noruegas. Sin embargo, la circulación termohalina no se detuvo. ¿Cómo ha sido posible? La circulación termohalina llevó sus aguas saladas y frías al este de Groenlandia, 1000 metros por encima del desprendimiento de Storegga, ya que en esta zona sigue siendo una corriente superficial que se enfría con aire polar. Cuando las aguas saladas de la circulación termohalina se sumergieron entonces, en gran parte al norte de Storegga, se unieron a las costas de América del Norte formando la corriente del Labrador, a ras del suelo oceánico, y al hacerlo pasaron ampliamente por debajo del agua dulce procedente del deshielo de los glaciares. En otras palabras: la circulación termohalina no se ha detenido porque su agua mucho más salada y fría (-2 ºC), siendo mucho más densa que la del agua dulce (a la temperatura de un cubo de hielo), encontró su equilibrio de densidad mucho más profundo en el océano (presumiblemente unos 2000 metros más abajo).

La isla de Chipre estaba poblada por pastores-agricultores que formaban “la civilización no-terracota del Neolítico”, porque nunca descubrieron la cerámica. Desaparecieron por completo durante las inundaciones del evento del kiloaño 8.2. Pasaron más de 1500 años antes de que la isla volviera a estar poblada. Se sabe que esta civilización fue aparentemente la primera en domesticar gatos (6500 a.C.) y una de las primeras en cavar pozos profundos (en respuesta a la gran sequía de finales del Dryas Reciente, alrededor de 10500 a.C.).


El Diluvio

El 12 de julio de 1562, Diego de Landa, obispo católico de Yucatán, decidió quemar todos los libros mayas por promover creencias religiosas potencialmente erróneas. Este gigantesco auto de fe destruyó miles de años de estudios astronómicos. Al final, se conservaron unas pocas docenas de páginas, especialmente coloridas, que fueron enviadas al Viejo Continente. Forman cuatro códices conservados en París, Dresde, Madrid y el Vaticano.

En Dresde, un tal Ernst Förstemann, bibliotecario y lingüista, comenzó a estudiar el Códice que tenía en su poder. En 1894 logró descifrar el sistema del calendario maya. Los astrónomos modernos siguen asombrados por el hecho de que, a lo largo de 5000 años, los errores acumulados de este “calendario maya” apenas ascendieron a unos pocos segundos. La “cuenta larga”, descubrimos, comenzó el 8 de agosto de 3114 a.C.

En mayo de 1945, Yuri Knorozov, un héroe militar ruso, participó en la “Batalla por la Liberación de Berlín”. En las ruinas humeantes de la Biblioteca Nacional recogió un pequeño libro ilustrado en blanco y negro que había escapado milagrosamente de las llamas. Era una reproducción de los tres principales códices mayas. El libro afirmaba que la escritura maya probablemente nunca sería descifrada. Cuando terminó la guerra, Yuri se metió en el juego y dedicó su vida a descifrar el código. No fue hasta alrededor del año 2000 cuando el estadounidense David Stuart consiguió descifrar este complejo sistema de escritura. Comprendió que los glifos pueden representar sílabas o ideas y que pueden leerse fonéticamente, como un rebus. Esto, dependiendo de la destreza y los hábitos de cada escriba, permitía utilizar varios homónimos, lo que hacía aún más compleja la lectura de esta escritura que, sin previo aviso, mezclaba fonogramas, pictogramas e ideogramas.

Así descubrimos que el 8 de agosto del año 3114 a.C. fue la fecha del “Gran Diluvio”, lo que llamó la atención de... casi nadie. La precisión del calendario maya es tal que no hay razón para dudar de esta misma fecha, dada por los Sumos Sacerdotes. Otras fuentes la apoyan.

En la Biblia, el libro del Génesis (11,7) afirma que el Diluvio ocurrió en el año 600 de la vida de Noé, lo que no nos da ninguna información válida, dada la increíble longevidad que la Biblia concede a algunos de sus héroes. Pero, si el calendario hebreo no se basaba en un año de 364 días sino en un año completo de 365.25 días, entonces el inicio de este calendario correspondería a la fecha dada por los mayas. En cuanto a Besorus, un historiador caldeo, había fechado el Diluvio en el decimoquinto día del mes de Daisios, el 15 de junio de 3116 a.C. Su calendario no era tan preciso como el de los mayas.

Alrededor de 1920, una misión estadounidense excavó un pozo en el valle del Éufrates. Encontraron fragmentos de cerámica y un trozo de hierro fechado aproximadamente en el 3100 a.C. Los arqueólogos siguieron excavando a través de tres metros de limo. Contenía restos de pequeños animales del fondo marino. La sorpresa fue que, justo debajo, descubrieron cerámica de otro origen, notoriamente más elaborada pero sin hierro. Esta última capa era apenas más antigua que la primera.

Tras una catástrofe como la de la inundación, todo habría quedado destruido; habría sido necesario reconstruir. Por tanto, todas las civilizaciones posteriores a la inundación deberían nacer más o menos simultáneamente. Esto es lo que vemos con una aproximación de diez años: la primera dinastía egipcia fue fundada hacia el 3110 a.C. por un rey venido de las altas mesetas del sur del Nilo; Oannes fundó la civilización sumeria hacia el 3112 a.C., llegando desde Eritrea en un barco cubierto; en China, la cultura de Xiaoheyan, mucho más rudimentaria, sustituye a la de Hongshan; comienza la Edad de Bronce Antigua; los protoirlandeses inician la construcción del primer observatorio celeste en New Grange, se construye el pueblo de Sakara Brae; Malta comienza sus construcciones megalíticas; aparece la civilización minoica; Taiwán comienza la colonización de las islas vecinas; etc.

Mito o realidad

Tras la lectura de un texto maya tallado en el frontón del portal de Palenque, nos enteramos de que una de las consecuencias del Diluvio habría sido una nueva organización cosmológica.

En el códice Dresde el Diluvio está representado principalmente por una corriente de agua increíblemente poderosa que contiene peces y conchas. Su representación es similar a la del códice Vaticano, pero el escriba añadió una explosión primordial y, en otra página, una ola gigantesca. Los detalles relatados en los códices de Dresde y Madrid son demasiado numerosos para describir una simple inundación, aunque sea un cataclismo: un eclipse duradero, relámpagos, volcanes en erupción, niebla cegadora, un tsunami, muertes de todo tipo y, a continuación, árboles que crecen en las cuatro esquinas de un nuevo mundo donde el cosmos ha cambiado. El Diluvio sería, pues, solo un componente de un cataclismo más complejo.

Para entender lo que ocurrió, veamos el presente. Dada la magnitud de estos fenómenos, solo podemos pensar que ha dejado huellas geológicas aún visibles.

Para recopilar datos científicos con más de 5000 años de antigüedad, se realizan cálculos astronómicos y se toman muestras mediante perforaciones en el hielo o en lechos de foraminíferos, uno de los caparazones fosilizados más abundantes de la tierra.

El cálculo muestra que el 8 de agosto del año 3114 a.C. no hubo un eclipse de sol. Sin embargo, en esa fecha, los núcleos de hielo tomados en el Ártico y el Antártico revelan un importante accidente climático llamado “Oscilación de Piora”. En el Golfo de México, los estudios de los foraminíferos muestran un descenso muy breve y muy violento de la salinidad. Por otra parte, pequeños roedores ahogados en sus madrigueras muestran que el nivel del mar subió bruscamente 120 metros. Esos muchos indicios revelan que esta inundación no es solo un mito, sino que se trata de un accidente climático de gran magnitud.

Nuestras fuentes no son muy precisas en el tiempo. Un metro de núcleo de hielo, o de depósito foraminífero, representa varios siglos. Por tanto, debemos multiplicar los análisis y cotejar las fuentes para garantizar la validez de nuestra investigación. Busquemos, pues, en las entrañas de Siberia. El estudio de las muestras de hielo tomadas a partir del 3114 a.C. revela una curiosa línea de color. Este brevísimo episodio, en el que el hielo está sorprendentemente manchado, revela polvo y diminutos residuos vegetales bajo el microscopio. En Groenlandia (GISP 2, el Proyecto Inlandsis), unos años después del cambio en el contenido de polvo, el exceso de deuterio en las burbujas de aire cautivo pasa de un nivel de hielo a un nivel interglaciar en menos de cinco años. Este hecho atestigua una reorganización excepcionalmente rápida de la circulación atmosférica tropical (ENSO) y luego polar (sub-boreal). En otras palabras: se produce un cambio repentino del régimen de lluvias, un fuerte aumento de la humedad y un violento descenso de la temperatura. Las mismas burbujas muestran un fuerte pico de metano y sulfatos en el 3100 a.C. (más o menos 100 años).

En esa época, el brutal enfriamiento de las estepas asiáticas provocó la desaparición de la ganadería en favor de los caballos. En todo el mundo el límite de crecimiento de los árboles descendió más de cien metros. Los glaciares avanzaron en los Alpes pero desaparecieron en América del Norte, los niveles de polen de los árboles en el aire descendieron bruscamente, el Sáhara se secó mucho más rápido, el nivel del mar Muerto subió 120 metros... Todos estos elementos coinciden: hacia el 3114 a.C. se produjo un extraño acontecimiento climático de gran envergadura.

Testimonios

Existe una gran cantidad de narraciones que describen el Diluvio. Se trata de relatos chinos, mayas, muiscas, asirios, tesalios, aleutianos, papúes, malayos, lituanos, egipcios, guatemaltecos, británicos, camulcos, armenios, judíos, indios, zapotecas y unos cientos más. La mayoría de estos relatos describen una lluvia continua que habría durado seis días y seis noches. Con diferentes ángulos de visión en cada región del mundo, en algunos de ellos se hace referencia a enormes fuentes que brotaban de la tierra. Otros describen olas gigantescas. Todos estos relatos tienen algo en común: describen un desastre.

Estos testimonios son principalmente cuentos, leyendas o canciones tradicionales cuya transcripción llegó más tarde en forma de textos escritos. Es cierto que, en aquella época, los medios de comunicación eran limitados, lo que sugiere que si los iakuts siberianos describen el mismo acontecimiento que los asirios o los tahitianos y los egipcios o los chinos y los papúes, es porque este cataclismo fue mundial.

Los testimonios difieren en sus puntos de vista. Algunos asocian el Diluvio con los volcanes, otros con el frío, otros con una noche anormalmente larga, otros con olas ardientes... Estos matices dan credibilidad a la autenticidad de cada mensaje. Sin embargo, a nivel regional, se pueden encontrar narraciones extrañamente similares, ya sea porque algunas catástrofes fueron más llamativas que en otros lugares, o porque la transmisión oral de generación en generación acabó por contaminar el relato de su pueblo, o incluso porque las narraciones vecinas influyeron en ella. Por ejemplo, dado que Abraham era mesopotámico y había pasado por Ur, es posible que los textos bíblicos se hayan inspirado en un relato más antiguo, el sumerio, que es el que nos proporciona más detalles (leyenda de Ziusudra).

Puede sorprender el número de testimonios pero, si la catástrofe fue tan violenta, es comprensible que cada generación quisiera que su descendencia la recordara. Por lo general, las deidades se integraron en la narración, lo que evita dar detalles precisos sobre causas que nadie de la época podía entender.

Clasificación de los testimonios

El criterio más relevante para clasificar los testimonios resulta ser el geográfico. Tiene la ventaja de agrupar relatos similares. Su comparación permite entonces eliminar ciertas modificaciones posteriores.

Por ejemplo, judíos, asirios, mesopotámicos y sumerios -los pueblos mediterráneos- han transcrito relatos similares del Diluvio. Sin embargo, la Torá describe cuarenta días de lluvia cuando los demás cuentan seis. Sin embargo, la Torá es un texto religioso cuyo uso frecuente del simbolismo de los números puede haber prevalecido sobre la transcripción fiel del texto original.

Otro ejemplo es que solo los textos de esta región hablan de columnas de agua que brotan de los pozos. Más al oeste, los griegos informan de una rápida aspiración de agua por los pozos. Por tanto, podría indicar el colapso de una bolsa de agua fósil que descargaba agua desde el este mientras la aspiraba desde el oeste. Sin embargo, los asirios no evocan las trombas de agua que brotan de sus pozos. El libro del rey de Babilonia señala esencialmente que una ola que subió al cielo lo sumergió todo. Al igual que los pueblos del círculo polar, que informan de gigantescos maremotos.

En América Latina, desde Argentina hasta México, los textos evocan erupciones volcánicas de las que solo se ven las consecuencias: los mexicanos hablan de lluvias resinosas, luego negras. Los argentinos y peruanos describen gotas de lluvia que queman la piel. Ninguno de ellos evoca la lava o una columna de humo.

De Grecia a la India, pasando por Mesopotamia y Pakistán, la salvación vendría de la construcción de la mayor embarcación cubierta de la antigüedad. Todos estos textos describen los mismos cuatro hechos: tras una señal divina premonitoria, se construyó un barco gigante que fue objeto del sarcasmo. Comenzó a llover continuamente sobre un mar embravecido, las aguas subieron, acabando por arrastrar todo. El barco encalló en una montaña y finalmente se envió un pájaro para saber si la inundación había terminado.

La abundancia de textos que declaran que todos están muertos es impresionante. Todos proceden de las regiones bajas de los continentes. En Australia, todos habrían perecido, salvo unos pocos afortunados en la cima de las montañas en el extremo sur del continente. En Timor, se dice que cuando las aguas retrocedieron, solo sobrevivió una familia. Todas las historias de los indios de las Grandes Llanuras de Norteamérica decían que no hubo supervivientes: sus antepasados habrían llegado desde el este a lomos de tortugas gigantes. Las leyendas de África occidental son unánimes: desde Níger hasta Namibia, nadie había escapado de las aguas, sino que habían llegado parejas desde el este, en barcos, que habían rehecho el mundo.

Lógicamente, aparte de algunas islas, ninguna narración viene de los océanos o de la Antártida. Más sorprendente parece el hecho de que no haya testimonios del sur de Groenlandia o del norte de América. En cambio, muchos pueblos siberianos conservaron el recuerdo del Diluvio en su tradición oral y describieron grandes olas de agua hirviendo.

Todos estos testimonios son espectaculares. Los hombres de esta época no podían entender lo que había sucedido. Su mundo consistía en pescar o cazar o, para algunos, en criar animales o cultivar. Como siempre, cuando no entendían, recurrían a sus sacerdotes, a sus mayores. ¿Cómo explicar semejante desastre sin invocar lo desconocido, sin recurrir al inmenso poder de los dioses? ¿Cómo explicar el Diluvio? Esto dio lugar a explicaciones poco científicas, pero algunas de ellas son resúmenes bellamente ilustrados, como la leyenda de los pueblos de Oceanía que relata: “Un día, surgió una terrible disputa entre el Dios del fuego y el Dios del agua. Ambos querían castigar a la humanidad porque no los había adorado lo suficiente. Entonces el primero lanzó bolas de fuego sobre la tierra. El segundo, furioso por haber sido sorprendido con la guardia abajo, lanzó agua sobre la tierra para apagar el fuego. Y luego, para castigar a los hombres, volvió a lanzar agua.”

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Testimonios detallados

Un relato tradicional de los aborígenes australianos cuenta que “las aguas subieron tanto que solo se veían los picos más altos de las montañas más altas. Parecían islas en el mar”.

Según la saga noruega de Orknerynga: “La luz del sol se volvió negra, la tierra se hundió bajo las pálidas aguas del mar. Desde el cielo, las estrellas se inclinaron (...)”.

Los papúes cuentan que “la tierra se movió bajo sus pies y las vasijas se volcaron, por lo que el mar se elevó lejos, muy, muy lejos. Y la noche fue larga, muy, muy larga. Y el viento sopló y giró y sopló y volvió a girar. Cuando el mar se puso de nuevo en marcha, no había ningún árbol, excepto en la cima, en lo más alto de las montañas”.

Los washo explican que los terremotos fueron tan violentos que la montaña de su isla empezó a temblar y luego se incendió. Las llamas se elevaron tanto que fundieron las estrellas. Algunas cayeron a la tierra. Otras cayeron al mar y provocaron un Diluvio universal que extinguió las llamas, pero casi aniquiló a la humanidad.

Hay muchos testimonios de este tipo en los que solo quedan breves textos que describen lo esencial. Generalmente proceden de regiones en las que la aparición de la escritura fue relativamente tardía. Como si el tiempo hubiera acabado por borrar los detalles. En cambio, los mayas, los chinos, los egipcios, los indios o los mesopotámicos, al haber transcrito rápidamente las tradiciones orales, sus textos son mucho más detallados.

Desde el auto de fe español, los descendientes de los sacerdotes mayas transmitieron oralmente el Libro Sagrado que primero habían transcrito: el Popol Vuh. Un texto describe la inundación: “Ocurrió un gran Diluvio que cayó sobre las cabezas de las criaturas (...) y por esta razón murieron. Una pesada resina cayó del cielo (...). Y debido a esto, la faz de la tierra se oscureció y comenzó a caer una lluvia negra, día tras día, noche tras noche (...). En estos tiempos, las nubes y la penumbra cubrieron toda la tierra. Ya no había sol (...). El cielo y la tierra seguían existiendo, pero los rostros del Sol y la Luna estaban velados (...). El sol ya no aparecía, ni la luna, ni las estrellas, y ya no amanecía (...) y todo esto sucedió cuando llegó el Diluvio (...). No podían soportar el frío y el hielo por mucho tiempo; temblaban y les castañeteaban los dientes, estaban entumecidos; les temblaban las piernas y las manos (...) hubo granizo, lluvia negra y niebla, y un frío indescriptible (...)”. Y también: “En los días de los antiguos, la tierra se oscureció (...). El sol era todavía brillante y claro, y luego, cuando llegó al cenit, se oscureció. La luz del sol volvió a ser pura solo veintiséis años después del gran Diluvio”.

Las diferentes versiones que provienen de la India aportan detalles adicionales sobre el curso del Diluvio: “Las tormentas habían caído al amanecer, venían del sur y del este. El dios de la Tormenta había transformado la luz del día en tinieblas y había destrozado repentinamente la tierra. La tormenta había arreciado tanto un día que un hombre ya no podía ver a quien tenía al lado. La inundación había sido tan aterradora que hasta los dioses tuvieron miedo. Luego, durante seis días, la tormenta y el Diluvio se ensañaron como ejércitos en batalla. Al amanecer del séptimo día, la tormenta había cesado. El mar se había calmado. El Diluvio se había calmado. Toda la humanidad se había convertido en arcilla. Era el desierto del agua.” Por supuesto, Vishnu había tomado previamente la forma de un pez, lo que le permitía salvar a la gente.

En muchos relatos, la narración, aunque relacionada con el Diluvio, parece contentarse con describir un epifenómeno observado por el narrador. El siguiente texto no es una excepción, sin embargo, si se examina con detenimiento, revela una clave crucial para el enigma. Proviene de las montañas del sur de la India: “En el cielo apareció un ser del tamaño de un pequeño jabalí, de color blanco. En una hora, este ser se hizo tan grande como un gran elefante. Seguía en el aire. De repente, hubo como un enorme trueno que resonó hasta el final del Universo. El ser agitó sus grandes orejas y su pelo. Levantó sus dos colmillos, eran tan blancos que brillaban. Luego rodó hacia un lado y vimos su gran cola como si estuviera encima de él, bajó del cielo y se zambulló de cabeza en el agua. Todo el mar se agitó bajo el golpe y se levantaron enormes olas.”

Este Objeto Volador No Identificado, que él confundió con un jabalí celeste, voló directamente hacia el observador. Es de suponer que no podía creer lo que veían sus ojos. Vivía al final de la prehistoria, puede que no imaginara la existencia de Marte o de hombrecillos verdes. Entonces describía lo que veía lo mejor posible. Su marco de referencia era el de su vida cotidiana: la caza. Cuando el cometa se acercó a él, no pudo ver su cola. Lo poco que quedaba se veía como pelo. Entonces el meteorito se dirigía en su dirección. Entonces explotó. Dos trozos incandescentes se habían separado, lanzados hacia delante. Se formaron como dos colmillos brillantes. Y entonces el cuerpo celeste había caído. Luego vio la cola del meteorito. Se había sumergido en el mar. El choque debió de ser poderoso porque el mar se agitó. La sacudida provocó un tsunami.

Los astrónomos chinos habían visto el mismo meteorito un poco antes hacia el sol poniente. Los aborígenes australianos describen su descenso muy al oeste de su continente. Los griegos siguieron su curso hacia el este. Athabasca, desde Alaska, también había descrito una luz seguida de una gran cola que se precipitaba en la noche, hacia el mar, y hacía temblar la tierra.

El 8 de agosto del año 3114 a.C., la tierra atravesó la nube del cometa de las Táuridas. La aparición de un meteorito es bastante probable que pase.

¿Un meteorito?

El Diluvio resulta haber sido un evento climático puntual pero de gran magnitud. Un cataclismo que mató a muchas personas en todo el mundo. Con base en los testimonios, habría sido una megainundación de agua salada. A esto se habrían sumado unas olas gigantescas que recuerdan a un tsunami, un largo eclipse de sol, erupciones volcánicas, una tormenta que habría durado seis días y seis noches, ¿y ahora un meteorito? No hay razón para cuestionar la sinceridad de los relatos recogidos, pero ¿cómo es posible que un mismo hecho climático haya tenido características tan dispares? ¿Cómo podemos vincular esta diversidad de información a una única explicación lógica?

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Más información - El diluvio

Se calcula que hay unos 500 textos distintos, de tradición oral, que describen el Diluvio. Provienen de todos los continentes.

Durante siglos, los “eruditos” han educado su memoria. Un erudito del siglo XVI lo sabía todo sobre todas las disciplinas científicas y también podía recitar, palabra por palabra, un texto tan largo como la Ilíada y la Odisea. Estas técnicas de memorización y entrenamiento se olvidaron cuando la imprenta se impuso.

Las explosiones volcánicas proyectan gases en lo alto de la atmósfera, pero también cerca del volcán. De ellos, el azufre se combina con el agua (de lluvia) para formar ácido sulfúrico. Estas gotas de lluvia queman la piel. Otros se combinan con los eyectos formando derivados del alquitrán.

Los indios de las Grandes Llanuras americanas dicen que sus antepasados llegaron desde el este, a través de las aguas, a lomos de una especie de tortuga gigante. Esta última podría haber sido una gran balsa catamarán como las que acababan de desarrollar los habitantes de Taiwán. El genoma de los amerindios lleva los genes de los denisovanos.

En 1955, al final de una impensable expedición, el francés Navarra encontró una gigantesca embarcación de madera bajo el hielo, donde la Biblia la sitúa, en el glaciar del monte Ararat. Se trajo un trozo de viga que fechó. Según las técnicas de la época, se utilizó la datación por carbono 14. Este no era el método correcto, ya que la llegada a la tierra de cuerpos extraterrestres distorsionaba obviamente la proporción de isótopos de carbono en el aire. Por lo tanto, la datación por carbono era probablemente errónea, pero dio un resultado: 4000 a.C. Esta datación, corregida mediante tablas establecidas desde entonces, indicó una fecha más reciente: 3116 a.C. Algunos se preguntan ahora si el trozo de madera que trajo Navarra pertenecía realmente a esta embarcación, que nunca se ha vuelto a encontrar.

El llenado del mar Negro por el Mediterráneo, cuando se abrió la falla del Bósforo, tuvo lugar en el 5600 a.C., 2500 años antes del Diluvio. Y sin embargo... ¡imagínese el equivalente a 200 cataratas del Niágara una al lado de la otra, derramando 50000 millones de metros cúbicos de agua salada y oyéndose a 100 km de distancia! La potencia y el estruendo del evento debieron de impresionar a los lugareños.


El meteorito

Los astrónomos egipcios, asirios y chinos ya habían identificado estrellas que, vistas desde el suelo, parecen moverse al mismo tiempo: las primeras constelaciones, cuyos movimientos guardaban en una herramienta inédita para compartir la memoria: la escritura.

La búsqueda del meteorito en sus escritos reveló otro argumento aún más sorprendente: el vuelco de la tierra.

¿Una media vuelta?

En La Política, Aristóteles evocó la inversión del curso del Sol. Según Heródoto, los sacerdotes egipcios informaban que salía varias veces por el oeste y se ponía varias veces por el este.

Cuatro documentos egipcios tratan más o menos de este punto de vista: una inscripción y tres papiros. En la tumba del arquitecto de la reina Hatshepsut, el este se dibujaba a la izquierda y el oeste a la derecha. El papiro más largo encontrado en Egipto, el Papiro Harris, muestra que el fuego vino del cielo y que el cataclismo del agua le siguió. También señala que el sur se había convertido en norte y que la tierra había dado un vuelco. El Papiro Ipuwer decía que el mundo había volcado y la tierra se había puesto de cabeza. Por último, el Papiro Hermitage afirmaba que el mundo se había dado la vuelta. En realidad, todos ellos son coherentes con el argumento maya de que el cosmos había cambiado después del Diluvio.

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